Archivos Nexeriantes. Capítulo 3
Archivos Nexeriantes
Capítulo 3
Han transcurrido tres días y las cosas parecen seguir su
curso normal. Nuestra investigación no avanza demasiado. Siento que vamos
caminando por un túnel donde todavía no puedo ver la salida.
—Meivis.
Veo a mi hermano correr hacia mí mientras me dirijo a mi
aula.
—¿Qué sucede, Magnus?
—Debemos irnos.
—¿A dónde? Tengo que ir a clases… y tú también.
—Claudia me acaba de llamar. Su hermanito le dijo que tuvo
uno de esos sueños.
—Debemos ir a casa por nuestro equipo.
—Sí. Apurémonos. Podríamos obtener el rastro que necesitamos
para continuar.
Voy corriendo detrás de mi hermano hasta llegar a su moto.
Espero que la clase de hoy no trate un tema importante.
En casa, afortunadamente, ya teníamos todo preparado.
Sabíamos que esto podía pasar de improviso; ha sucedido antes. Tomo la mochila
con el equipo que necesitamos mientras mi hermano me apura. Sabe cuánto me
molesta que lo haga, pero no hay tiempo para enojarse. Hay que concentrarse en
lo que debemos hacer. Ojalá no resulte en nada y solo sea una coincidencia. Por
otro lado, si resulta que hay un nexeriante involucrado y lo atrapamos… no nos
caería mal el dinero por el informe.
Llegamos a la casa de la tía de Claudia a los pocos minutos.
Veo que faltan quince para que sean las ocho de la mañana.
La puerta se abre nuevamente como la primera vez, como si
Claudia estuviera muy pendiente de nuestra llegada. Noto que ya está arreglada;
quizás madrugó más que nosotros.
—Hola, chicos.
—Hola, Claudia —respondemos casi al unísono.
—Mi hermanito está un poco asustado.
—Lo entiendo —le respondo—. Confirmaremos lo que sucede.
—Sea coincidencia o no, hoy tendremos la verdad —dice mi
hermano.
—Eso me gustaría —nos dice Claudia.
Entramos en la casa. Vemos a Diego sentado en la misma silla
de nuestra última visita, pero esta vez tiene las piernas subidas y abrazadas.
Aún está en pijamas.
—Diego —le dice su hermana—, nuestros amigos han venido a
ayudarnos. Haz todo lo que te digan. Confía en ellos, yo estaré aquí pendiente.
Su hermano levanta la mirada y asiente.
—Bueno, chicos, ¿cómo procederán? —nos inquiere. Yo ya estoy
sacando nuestro Rastreador cerebral o como lo llamamos para abreviar "el RC".
—Pondremos esto en su cabeza. No te asustes, no le hará
daño. —Claudia parece preocupada al ver el dispositivo.
—Solo se lo colocamos en la cabeza. Lo único que hará será
revisar si hay rastros de nexeriante —le explica mi hermano—. Si él fue quien
puso el sueño en Diego, algún rastro aún debe quedar en su cabeza, y eso es lo
que queremos determinar.
—Está bien —dice. Aún no parece convencida, pero al menos no
se opondrá.
—Ven, pequeño. —Me agacho un poco para colocarle en la
cabeza el dispositivo y lo programo con mi manilla.
El niño se aferra a su hermana con fuerza, hasta que,
después de unos minutos, la computadora de mi hermano emite un sonido. La señal
indica que ya terminó de rastrear. Todos lo miramos expectantes, mientras él
aún lee su computadora. Luego levanta la cabeza y nos dice:
—Es un nexeriante.
—Lo que faltaba —digo.
—Yo lo sabía —dice Claudia—. Y bien, ¿ahora qué sigue?
—Pues ya tenemos una pista firme —le digo.
—Y guardada —añade mi hermano.
—Hay que pasarlo a nuestro rastreador —le digo, mientras
quito el dispositivo de la cabeza de su hermano.
—Ya me estoy encargando de eso —responde. No me había fijado
que en nuestro morral ya había guardado el rastreador principal, al que solo
llamamos rastreador para no confundirnos.
—Con esto será más fácil encontrarlo, pero no sabemos cuánto
tiempo nos puede llevar —continúo.
—Ojalá sea pronto. Ya no quiero que mi hermanito tenga esos
sueños.
—No te preocupes, todo saldrá bien. —En verdad, yo también
lo espero.
—Todo listo. Ya me está indicando un lugar. Vamos, Meivis.
—Chicos, muchas gracias por hacer esto. Si puedo ayudar en
algo, avísenme, por favor.
—Claudia, tranquila. Cuida de tu hermano. Pronto
terminaremos esto —le digo, tratando yo misma de creerlo.
—Estaremos en contacto —le dice mi hermano un poco serio.
Luego saca una media sonrisa y añade—: Nos veremos luego.
—Está bien. Cuídense, chicos. Y gracias.
—Adiós, Claudia.
En el camino, noto a mi hermano distraído.
—¿Qué te sucede?
—Nada.
—Te conozco. Algo pasa.
—No es nada.
—Está bien. Si quieres hablarlo, o que te escuche, solo
dímelo.
No responde. Reflexiono en silencio, intentando descifrarlo.
Aún no me ha dicho a dónde vamos. Luego de unos minutos, se estaciona frente a
una residencia de nuestra universidad. La reconozco al instante: allí vive
Heidy.
Mientras caminamos hacia la entrada, no puedo evitar
interrogarlo:
—¿Por qué estamos aquí?
—Lo siento, me distraje. El rastro que obtuvimos por el
sueño de Diego también aparece en esta zona. Míralo.
Me pasa el rastreador. Lo reviso con atención.
—¿Crees que esté aquí?
—No lo sé, pero debemos estar alerta.
Disminuyo el paso y camino detrás de él, con cautela, hasta
que llegamos al ascensor. Allí, rompo el silencio:
—¿Te preocupa que terminemos este caso pronto y los
recuerdos de Claudia queden bloqueados después?
Mi hermano baja la mirada. Sin decir una palabra, lo
confirma todo. He dado en el clavo. Quisiera animarlo, pero no sé cómo. Me
entristece verlo así. ¿Será una muy mala idea bloquear los recuerdos de
Claudia?
—Oye, aún tenemos trabajo por hacer. Necesitamos
concentrarnos —le digo, dándole un codazo suave.
—Sí —responde, estirándose un poco para despejar la tensión.
Llegamos al piso 8. El rastreador indica que estamos muy
cerca. Caminamos hasta la puerta número 13. Magnus toca.
Ambos esperamos en silencio. Un chico que nunca habíamos
visto abre casi de inmediato. Es pelirrojo, como nosotros, casi tan alto como
mi hermano, aunque su postura encorvada y su delgadez le quitan presencia.
—¿Los puedo ayudar? —pregunta, con una mirada inquisitiva.
—¿Podemos hacerte unas preguntas? —dice mi hermano con ese
tono seco de siempre y cara de pocos amigos.
—¿Son de la policía?
—No.
—¿De qué se trata?
—Esta pregunta sonará rara, pero es para una investigación
que estamos realizando.
El chico frunce el ceño, desconcertado. Magnus continúa:
—Últimamente, ¿has tenido premoniciones? Como si alguien
cercano, o alguien que simplemente conoces, fuera a morir.
El chico abre mucho los ojos. Son verdes, aunque
enrojecidos. Trata de recomponerse, de endurecer la expresión.
—Amigo, ¿de qué hablas? Eso suena muy raro.
Intenta cerrar la puerta, pero Magnus la detiene con
firmeza.
—No es una broma. Por favor, responde.
Por eso me gusta que él haga los interrogatorios. Siempre
parezco el policía malo.
El chico no parece dispuesto a cooperar. Magnus me lanza una
señal con la mirada. Es una clave entre nosotros. En un segundo, le doy una
patada baja que lo hace caer de espaldas. Se asusta. Yo me abro un poco la
chaqueta y dejo ver mi cuchillo. Él retrocede con miedo. Aprovechamos para
entrar y cerrar la puerta tras nosotros. Por suerte, no gritó. Cuando lo hacen,
todo se complica.
—Muy bien, ahora creo que sí cooperarás con nosotros —dice
Magnus, arrastrando una silla hasta quedar frente al chico, que sigue en el
suelo. Yo me quedo junto a la puerta, vigilante, en caso de que alguien más
aparezca—. Oye, no queremos hacerte daño. Solo necesitamos que respondas unas
preguntas.
—Dile eso a tu novia. Me golpeó muy fuerte —dice, mirándome
de reojo.
Magnus suelta una carcajada. —No es mi novia. Es mi hermana.
Somos mellizos. ¿No ves el parecido?
El chico nos mira con más atención. Asiente en silencio. No
es la primera vez que nos confunden. Algunos distraídos lo hacen, hasta que se
dan cuenta de lo mucho que nos parecemos.
—Bueno —continúa Magnus, más serio—, responde con honestidad
o no detendré a mi hermana. ¿Has tenido premoniciones de muerte?
El chico evita nuestra mirada. Duda. Está claramente
incómodo.
—Amigo —insiste Magnus, con sarcasmo—, no se lo diremos a
nadie. Es una investigación secreta.
—De acuerdo... les diré. Pero no quiero que mis amigos se
enteren. Ya creen que soy raro, no quiero que piensen que estoy loco.
—Trato hecho.
Se toma un momento. Suspira.
—Hace unos meses tuve un sueño. Alguien que había sido
cercano a mí moriría. Pensé que era una tontería. Pero días después me enteré
de que un viejo amigo había muerto. Me pareció una coincidencia, hacía mucho
que no hablábamos. Sin embargo, seguí teniendo esos sueños. Y en los últimos
meses... personas que conocía, o con las que tenía algún vínculo, han muerto.
Ya dudo que sea casualidad. Y temo que mi último sueño signifique que el
muerto… sea yo.
—No será así —le asegura mi hermano.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Eso no importa ahora. Tal vez tuviste un sueño así hace
poco.
—Lo tuve hace dos días. Estoy esperando recibir la noticia
de quién fue la víctima.
—Entiendo. Hay algo que debemos hacer. Meivis, pásame el RC.
Lo saco del morral y se lo paso. El chico se pone tenso.
—Oye, ¿qué me van a hacer? He cooperado con ustedes. Les he
dicho todo.
—Sí, y gracias. Esto no es algo que deba asustarte. No te
hará ningún daño. Lo pondré en tu cabeza y nos dará un rastro de tu sueño.
El chico aún duda. Magnus insiste, con tono seco:
—No querrás ser golpeado por una chica por segunda vez.
El chico suspira, derrotado.
—De acuerdo. Solo espero que no sea un electrochoque.
—Nada de eso. Solo se coloca, y detecta anomalías. No duele.
Magnus le coloca el dispositivo. El chico cierra los ojos.
Luego de unos minutos, el aparato emite un sonido agudo: ha terminado.
—Es el mismo rastro que encontramos en Diego, pero por
alguna razón... está más fuerte —me dice Magnus—. Lo pasaré al rastreador.
Una vez lo transfiere, se levanta y le extiende la mano al
chico. —Muchas gracias por tu cooperación. No contaremos nada de esto.
—Eso espero...
Cuando salimos, justo antes de que él cierre la puerta,
Magnus me entrega el bloqueador de recuerdos. Lo activo, apunto a los ojos del
chico. Queda paralizado por unos segundos. Lo muevo suavemente hacia adentro y
cierro la puerta. Solo serán tres minutos. Al volver en sí, no recordará nada
de nosotros.
—No fue tan difícil —comento.
—Al menos no puso resistencia.
—¿Ves la importancia del ejercicio? Deberías acompañarme en
mis rutinas siempre.
—Si ambos hacemos lo mismo, nadie sabrá manejar todo el
equipo.
Un golpe bajo. Pero tiene razón. Yo no sé manejar nuestros
dispositivos como él. Magnus incluso puede hackearlos. Por eso soy la de los
golpes.
El rastreador nos conduce a otra casa. Esta vez, una mujer
bastante mayor nos recibe con manos temblorosas y voz quebrada. Coopera con
mucha tranquilidad, pero sus ojos reflejan un miedo profundo. Cuando menciona
sus sueños, su rostro palidece aún más. Pareciera que teme morir de un infarto
antes de que logremos resolver todo esto. Espero que no sea así. La
tranquilizamos como podemos, tomamos el rastro y seguimos adelante.
El siguiente punto nos lleva al otro extremo de la ciudad.
Allí vive una mujer joven. Nos recibe con una sonrisa despreocupada y se
muestra muy entusiasmada por la naturaleza de nuestros cuestionamientos. Dice
que sus sueños le parecen emocionantes, casi como si fueran aventuras que
quisiera vivir cada noche. Me parece un poco anormal, pero, bueno... ¿quién soy
yo para juzgar?
El rastro que obtenemos de ella nos conduce a la casa de una
niña de apenas seis años. Al llegar, los padres nos miran con desconfianza y se
niegan a colaborar al principio. Pero la pequeña, por alguna razón, se nos
queda viendo con ojos grandes y confiados. Cree que podemos ayudarla. Nos
cuenta, entre dibujos y palabras sueltas, que soñó algo raro mientras dormía en
una siesta reciente. Eso explica por qué su anomalía es tan fresca. El RC capta
el rastro con una nitidez que no habíamos logrado antes. Sin embargo, no nos
dirige a ninguna otra zona. Este parece ser un callejón sin salida. Inhibimos
los recuerdos de la familia y regresamos a casa. Ya es tarde, y el cansancio
empieza a notarse. Mientras Magnus ordena los rastros, yo trazo un mapa con
todos los puntos que hemos visitado, comenzando por la casa de la tía de
Claudia. No parece coincidencia: hay un patrón claro. Una pista sólida nos
apunta hacia un lugar específico.
—Tenemos algo —dice Magnus, con ese tono bajo que usa cuando
algo lo emociona de verdad—. Mira esto.
Coloca los rastros en el sistema del rastreador. Un punto
parpadeante empieza a brillar con más intensidad.
—¿Crees que está ahí? —pregunto.
—No lo sabremos hasta comprobarlo.
Sin perder tiempo, salimos. Mientras nos acercamos al nuevo
destino, el rastreador emite una alerta intensa.
—Alerta de cercanía máxima —dice Magnus, revisando los
datos—. Podría ser él. Podría ser el nexeriante.
Llegamos a una casa apartada, alejada de otras residencias.
Parece abandonada. La pintura está descascarada, las ventanas oscuras y rotas.
El silencio alrededor es inquietante. Y siendo de noche, el lugar tiene un aire
tenebroso que eriza la piel.
—Hemos estado todo el día de un lado a otro. Espero que esto
no nos lleve a otra pista. No quiero seguir así toda la noche —digo, con un
suspiro cansado.
—Yo espero lo mismo —responde Magnus.
Nos quedamos unos segundos en silencio, contemplando esa
casa sombría frente a nosotros. Un mal presentimiento se instala en el pecho,
pero también una chispa de expectativa. Si estamos tan cerca... tal vez esta
vez, de verdad, estemos a punto de encontrarlo.
Al entrar, encendemos nuestras linternas. No hay ruido, ni
luces. Solo el crujido de la madera bajo nuestros pasos y el polvo suspendido
en el aire que brilla como pequeñas estrellas ante el haz de luz. Recorremos la
casa en completo silencio durante varios minutos, revisando cada rincón, cada
habitación desierta, cada vestigio de vida abandonada.
Entonces, Magnus la encuentra: una puerta oculta bajo una
alfombra gastada, sucia y pegajosa al tacto. Al levantarla, un olor a polvo
viejo y humedad nos golpea de inmediato. Con cuidado, Magnus abre la puerta,
que rechina como si protestara. Unas escaleras crujen al revelarse, envueltas
en una oscuridad tan densa que parece sólida. El aire que baja desde abajo es
helado, y una sensación viscosa me recorre la espalda, como si algo invisible
me tocara. Bajamos. Cada paso resuena como un latido lento. Y allí, en el
centro del sótano…
El nexeriante.
Sentado en el centro del sótano como si hubiera estado
esperándonos. A pesar de su postura serena, es evidente que se trata de una
figura alta y esbelta. Su piel roja, viva, palpita con grietas luminosas, como
si contuviera una energía interior a punto de desbordarse. Su textura es
peculiar, no es lisa ni rugosa, sino que parece una mezcla de carne y cristal,
algo que provoca fascinación y un leve desconcierto. Su rostro está cubierto de
múltiples ojos de distintos tamaños, algunos brillando con intensidad y otros
oscuros y enigmáticos, mientras que una fina línea vertical en lugar de boca
emite un leve resplandor. De su cabeza emergen cuernos ramificados que vibran
con un fulgor tenue, y su cuerpo está dotado de cuatro brazos delgados con
dedos puntiagudos que destellan suavemente. Sus piernas terminan en
extremidades como raíces.
No puedo dejar de contemplarlo. Magnus tampoco. Algo en ese
ser nos atrapa, nos sacude por dentro. Tiene una apariencia imponente, sí, pero
hay algo más... algo triste. No transmite amenaza, sino una profunda
melancolía. Parece roto. Como si llevara siglos intentando regresar a un lugar
donde el dolor no lo alcance.
Pero en cuanto nota nuestra presencia, intenta levantarse.
Sus movimientos son torpes, como los de alguien que ha estado mucho tiempo
inmóvil. Va a correr. Magnus y yo reaccionamos al instante. Disparamos un lazo
de contención hiperdenso, o ‘Lazo’ como prefiero llamarle por rapidez, que se
adhiere con rapidez a sus piernas, si es que pueden llamarse así,
inmovilizándolo en el acto. Cae al suelo con un sonido opaco, como si su cuerpo
no fuera del todo sólido.
No perdemos tiempo. Sacamos los rociadores de contención, un
gas especial diseñado para dormir a cualquier ser vivo sin dañarlo, y lo
aplicamos al instante. La nube se dispersa alrededor del nexeriante, que
intenta resistirse un par de segundos… y luego queda inconsciente.
No puedo evitar fruncir el ceño. —¿Funcionó…? —murmuro,
sorprendida—. ¿De verdad esto también les hace efecto a ellos?
Mi hermano asiente con tranquilidad. —Su biología no es tan
distinta a la nuestra como pensamos… o tal vez solo estaba débil.
—Magnus, se me olvidó guardar el termo… ¿Cómo lo llevaremos?
Él se lleva la mano al bolsillo lateral del pantalón y saca
uno. —Siempre llevo uno de emergencia.
Lo abre con precisión, activando un campo de absorción
interno. El cuerpo del nexeriante es envuelto por una luz translúcida que lo
succiona hacia dentro del contenedor, hasta que desaparece por completo. El
dispositivo emite un pitido suave al cerrarse, indicando que el sellado ha sido
exitoso. Ese pequeño artefacto, llamado termo dimensional, está diseñado para
contener a seres como este por un máximo de veinticuatro horas. Pasado ese
tiempo, la presión interna y la falta de sustento vital pueden volverse letales
para cualquier criatura atrapada en su interior. Es una solución temporal, y lo
sabemos bien.

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