Archivos Nexeriantes. Capítulo 2
Archivos Nexeriantes
Capítulo 2
Entramos a un restaurante cercano a la universidad y nos
sentamos en un rincón, lejos de miradas y oídos indiscretos.
—¿Qué sucedió? ¿Qué te dijo? —ya no aguantaba más la
curiosidad.
—Es un caso.
Me puse tensa, pero me quedé en silencio mientras el mesero
nos traía el menú. Ordenamos rápido y, cuando se fue, mi hermano me dijo:
—No pude ocultarle a Claudia nuestro trabajo.
Aún estaba tensa. No encontraba justificación alguna para
que mi hermano le hubiese contado nuestro secreto.
—Debiste tener una buena razón para hacerlo —dije,
intentando animarlo a que me explicara.
—Fue en nuestro último año en la escuela. ¿Recuerdas el caso
del niño debajo de la cama?
—Cómo olvidarlo... generaba traumas.
—Bueno, su hermanito fue una de las víctimas. ¿Te acuerdas?
—Sí... —empecé a entender lo que me había ocultado—. Fuiste
a visitarla, aprovechando que salían juntos, para encontrar pistas. Pero me
dijiste que no pasó nada.
—No quise preocuparte.
—Cuéntame, ¿qué sucedió esa noche?
—Se salió de control. Su hermanito tenía un trauma severo y
se lo estaba llevando. Tuve que tomar una decisión inmediata, así que le pedí a
Claudia que me ayudara. Logramos ahuyentarlo de su hermano, pero tuve que
explicarle todo.
—¿Y el bloqueador de recuerdos?
—Meivis... —mi hermano me miró, pidiéndome comprensión.
—Magnus, no me mires así. Sabes que es peligroso que alguien
más lo sepa.
—Lo sé, pero ese caso lo resolvimos gracias a su ayuda.
Nuestra comida llegó, y tras la retirada del mesero, él
continuó:
—Le conté lo que hacíamos y, esa vez, nos ayudó con parte de
la investigación. La que te dije que había hecho yo. Gracias a eso, pudimos
atraparlo y devolverlo muy rápido.
—Me sorprendió lo rápido que trabajaste en ese entonces.
Ahora entiendo que fue por su ayuda.
—Ella ha guardado el secreto todo este tiempo.
—¿Terminaron por eso? —me sentí mal por la pregunta, pero ya
estaba hecha.
—No. Realmente fue por lo que te conté.
—Bien. ¿Y ahora qué te pidió?
—Su hermanito tiene algo que ella cree está relacionado con
los seres que atrapamos.
—Dame los detalles.
—Grabé nuestra conversación —sacó su celular y me pasó uno
de los audífonos, mientras él se ponía el otro. Luego, puso la grabación:
—Claudia, ya puedes empezar. Repite lo que me acabas de
decir.
—Mi hermanito tiene premoniciones de muerte. Siempre sueña
que alguien morirá. Al principio, aunque se cumplían, no le dimos importancia
porque eran personas que conocíamos, pero con las que no teníamos cercanía.
Pensamos que era coincidencia. Pero luego, las personas empezaron a ser
conocidos cercanos, vecinos o amigos de la familia. Y ahora, cuando sueña, los
que mueren son familiares. Mi familia insiste en que es coincidencia, pero yo
sospecho que no. Recordé lo que haces. Sé que Meivis no sabe que lo sé, pero me
gustaría que investigaran, por favor. Me preocupa. ¿Qué tal si un día sueña con
mis padres, mis otros hermanos, conmigo... o con él mismo? Es muy joven, apenas
tiene doce años.
—¿Cuándo fue su último sueño con premonición?
—Hace un mes.
—Le mostraré esto a mi hermana. Investigaremos y te diremos
si tiene relación con algún nexeriante o si, como cree tu familia, es una
coincidencia.
La grabación terminó justo cuando yo estaba a la mitad de mi
comida. Magnus ya había terminado.
—Entiendo las sospechas de Claudia. No me parece una
coincidencia —dije, aún pensativa.
—¿Estás molesta? —notó mi expresión seria.
—Pues... aún estoy asimilando que me ocultaste algo tan
importante durante tanto tiempo.
—Lo siento, no quería preocuparte.
—Se me pasará, dame tiempo. Ahora, ¿por dónde empezamos?
—Tendremos que viajar. Pero no a otra ciudad: Claudia está
aquí con su hermano. Quedamos en vernos esta tarde, después de mi clase de
leyes.
—¿Como a las 5:00 p.m.?
—Sí. Me dejó su dirección. Se están quedando en casa de una
tía.
—Está bien. No tengo más clases hoy, así que iré a la
biblioteca a investigar.
—Bien. Si necesitas ayuda, escríbeme.
—Lo haré.
Después de pagar, me despedí de Magnus y me dirigí a la
biblioteca de la universidad. Aunque internet es una gran base de datos, sigo
creyendo que en los libros hay descubrimientos más profundos. Además, siempre
me ha ido mejor con ellos.
El silencio del lugar me envolvió apenas crucé la puerta.
Busqué la sección donde alguna vez encontré información útil para otros casos,
y comencé a recorrer estanterías, guiándome por el instinto más que por un
criterio claro. Esta vez no sabía por dónde empezar. Premoniciones, sueños...
nada parecía encajar del todo. Pero algo en mi interior me decía que no podía
tratarse de una simple coincidencia.
Tomé algunos libros sobre manifestaciones, sueños
proféticos, traumas psíquicos y fenómenos inexplicables. Me instalé en una mesa
alejada, donde el murmullo de las hojas era el único sonido.
Después de casi tres horas allí, la información que obtuve
fue escasa, pero al menos creo que puede servirnos de alguna u otra forma.
Encontré el caso del Titanic. Algunos sobrevivientes
afirmaron haber tenido sueños o presentimientos de que algo malo sucedería, y
varias personas cancelaron sus boletos por esas sensaciones. También leí sobre
la princesa Diana, quien confesó a su amigo y terapeuta, Simone Simmons, que
soñaba con su propia muerte en un accidente automovilístico, incluso
mencionando que sería seguida por paparazzi. Su trágico fallecimiento en 1997
ocurrió en esas mismas circunstancias. Jimi Hendrix le dijo a su novia que había
soñado con su propia muerte y el impacto que tendría en sus fans. Días después,
falleció en 1970 a los 27 años, en circunstancias que aún hoy generan
preguntas. San Juan Bosco, sacerdote italiano del siglo XIX, relató en sus
escritos cómo soñó con la muerte de algunos de sus alumnos antes de que
ocurriera. En sus sueños, los veía en paisajes misteriosos que luego se
relacionaban con su fallecimiento.
Hay muchos casos similares, personas que soñaron con su
muerte o con la de alguien más. Coincidencia o no, parece un fenómeno
recurrente.
Pero, aunque lo repita en mi mente, no me convence. No es
solo eso. Lo que me preocupa no es la premonición en sí, sino quién, o qué,
puede estar detrás. Claudia dijo que su hermano tiene solo doce años...
demasiado joven para cargar con visiones de muerte. ¿Y si no se trata solo de
sueños? ¿Y si hay algo más? Algo que lo influye, lo guía, o incluso lo
alimenta.
Miro los libros abiertos frente a mí, llenos de marcas,
subrayados y notas apresuradas. Siento que estoy a punto de rozar algo, una
pista, una conexión… pero aún no logro verlo con claridad. Solo sé que esto no
será un caso común. Lo siento en el pecho, como un escalofrío anticipado.
Mi celular vibra en el bolsillo de mi pantalón. Es Magnus.
Aunque apenas son las 4:10 p. m.
—Mi clase terminó antes. Llamé a Claudia y dijo que podemos
ir enseguida.
—Magnus, ¿aún confías en ella? —pregunto, sin rodeos.
Mi hermano se queda callado varios segundos.
—Entiendo tu preocupación. Después de este caso… ¿te parece
si le bloqueamos sus recuerdos?
—Creo que es lo correcto. —Él no dice nada. Cambio el tema
para aliviar la tensión—. Tardaré como diez minutos en llegar al
estacionamiento.
—No, quédate donde estás, voy en camino.
—De acuerdo.
Tomo mis apuntes, los guardo y me levanto rápidamente. Aún
necesito aclarar mi mente.
Cinco minutos después, mi hermano llega en su motocicleta. Su
obsesión desde hace un año. Se la compró apenas obtuvo la licencia y, desde
entonces, no habla de otra cosa. Me subo detrás de él, ajusto el casco y
emprendemos la marcha. Las motocicletas me gustan, pero todavía no tengo
licencia. Aun así, hay algo liberador en sentir el viento cortando la
velocidad, como si todo fuera más liviano por unos minutos.
—Aquí es —dice Magnus, deteniéndose frente a una casa de
fachada sencilla pero bien cuidada.
Claudia sale al instante, como si hubiese estado esperando.
Se ve diferente, pero igual de espontánea. Me sonríe y se acerca para abrazarme
con naturalidad, como solía hacerlo cuando salía con mi hermano. Su piel ahora
luce más bronceada, y su cabello negro está corto, con mechas rubias que le dan
un aire más moderno.
—¡Meivis! Hola, ¿cómo estás? —me dice con entusiasmo.
—Hola, Claudia. Muy bien, ¿y tú?
—Bien también. El día que buscaba a tu hermano, estaba de
afán y no pudimos hablar mucho.
—No te preocupes.
—Ahora que te veo mejor, estás muy hermosa. ¿Tu hermano aún
sigue espantando chicos?
—Sí, me hace un gran favor —respondo con una sonrisa.
Ambas nos reímos. La tensión parece aflojar por un momento.
—Entremos —nos dice, señalando la puerta—. Mi tía está en su
oficina, tardará un par de horas más en llegar.
La seguimos al interior. Nos lleva a la sala, donde un niño
pequeño está sentado en una silla, absorto en quién sabe qué pensamientos.
Tiene los mismos rasgos de Claudia: ojos grandes, cabello oscuro y una
expresión más seria de lo que uno esperaría para alguien de su edad.
—Diego, saluda —le dice Claudia.
—Hola —responde él, casi en un susurro, encorvándose
nuevamente en su asiento.
Ambos le devolvemos el saludo con una sonrisa amable.
—¿Esto no afecta sus clases? —le pregunto—. ¿Y también las
tuyas?
—Diego tiene una semana de descanso en su escuela. Aproveché
para convencer a mis padres de dejarlo venir conmigo. Y yo estudio diseño… pedí
unos días diciendo que era un asunto familiar. Espero que terminemos pronto.
—Yo también.
Claudia baja la cabeza por un momento, y luego, sin levantar
la mirada, dice:
—Supongo que ya lo sabes.
—Sí —respondo. Mi hermano baja la mirada y asiente en
silencio, noto sus labios apretados.
—Quiero decirte que no pienso romper la confianza que tu
hermano depositó en mí. Quiero que estés tranquila con eso.
—Gracias —le digo con sinceridad. El aire se vuelve denso,
así que intento aligerarlo—. Solo tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—Si ya no tenías contacto con mi hermano, ¿cómo supiste
dónde vivíamos?
Ella sonríe, un poco más relajada.
—Cuando fui por mi hermanito, le hice una visita rápida a tu
mamá. Ella me dio la dirección.
—Ya veo… y no nos dijo nada.
—Se lo pedí.
—Bueno, entonces, a lo que venimos. Mi hermano me mostró lo
que le contaste. ¿Podrías darnos más detalles? ¿Desde cuándo empezó? ¿Hay algo
extraño que hayas notado?
—Comenzó hace dos años. Él es un poco penoso, por lo que ves
—lo miro; aún sigue encorvado en su silla, concentrado en un muñeco que tomó de
la mesa—. Un amigo de papá nos visitó cuando estábamos todos en casa. Tenían
muchos años sin verse, por eso no lo conocíamos. Pero al día siguiente, mi
hermano contó su sueño… donde veía que alguien le decía que una persona que
acababa de conocer moriría. Y luego de unos tres días, mi papá recibió la
noticia del accidente de su amigo… un accidente en el que perdió la vida.
—Parece una coincidencia.
—Eso pensaba. Pero sucedió varias veces más los siguientes
meses. No le dicen quién es en su sueño, pero sí le mencionan que será alguien
que conoce, que conoció… o que será alguien cercano.
—Entiendo tu preocupación —dice mi hermano con tono serio—.
Meivis ha empezado a investigar, pero debemos trabajar más para dar con una
respuesta a este caso.
—Les agradezco que se tomen el tiempo para esto.
—¿Diego ha hecho algo diferente antes de los sueños? ¿Ha
hablado con alguien? —pregunto.
—Diego, responde —le dice Claudia con suavidad.
Él solo niega con la cabeza.
—¿Quizás viste algo en el amigo de tu papá? —añado.
—El señor Bernardo me cayó bien. Me regaló helado —responde
con timidez.
—El día que nos visitó, compró helado para los más pequeños
—corrobora Claudia.
—¿Con alguna otra persona que haya sido víctima de su sueño
sucedió algo similar? —pregunta mi hermano, con el ceño levemente fruncido.
—No sé… déjame pensar. Quizás… la señora Magnolia. Siempre
le daba dulces, a él y a todos los niños de la cuadra.
—Quizás haya un patrón en eso.
—Pero al tío Juancho nunca lo conoció. Solo sabíamos de él
por lo que mi mamá nos ha contado. Es tío de ella, y era una persona que se
preocupaba por sus sobrinos como lo hacía por sus propios hijos.
—También era una buena persona —digo en voz alta, casi sin
darme cuenta.
—Gracias por los detalles —menciona mi hermano mientras se
levanta, y Claudia y yo lo seguimos.
—Claudia, me gustó verte de nuevo —le digo con sinceridad—.
Creo que nos veremos nuevamente pronto.
—Claro.
—Estate pendiente a tu teléfono —dice mi hermano—. Lo más
probable es que te llamemos para más preguntas. Y si Diego tiene algún sueño de
esos, por favor, avísanos de inmediato.
—Claro. Por favor, manténganme informada. Y si necesitan
ayuda, pueden decirme. Realmente me gustaría saber qué está detrás de todo
esto.
—Lo tendré en mente —le respondo, asintiendo suavemente—.
Adiós.
Me adelanto hacia la motocicleta. Mi hermano se queda un
momento más en la puerta. No sé qué hablará con Claudia. Cuando se acerca y se
sube a la moto, me dice:
—Le he comentado sobre el bloqueo de memoria.
Lo había olvidado. Me sorprende que, aun así, se lo
comentara.
—Ella está de acuerdo… si eso te hace sentir más tranquila.
No sé qué responder. Solo me pongo el casco y me subo a la
moto. Mi hermano continúa:
—Cuando esto termine, descubramos lo que descubramos… se lo
aplicaré.
Sigo sin responder. No sé por qué, pero ahora siento que es
una mala idea.
En casa, mientras cenamos, le comparto a mi hermano los
casos que encontré en los libros de la biblioteca.
—Había leído algunos de esos casos —responde él—. En verdad
parecen coincidencias, pero que sean tan frecuentes podría desacreditarlas.
—¿Qué crees que debamos hacer?
—Estoy pensando.

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