El Camino del Amor y el Arrepentimiento. Capítulo 1
El Camino del Amor y el Arrepentimiento.
Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 1
En un pueblo del pasado, vivía un hombre honrado y muy
respetado llamado Pedro. No era un hombre rico, pero había sabido labrar una
vida cómoda con el fruto de su esfuerzo. Era propietario de una finca,
suficientemente grande para mantener a su esposa y a sus seis hijos; sin lujos,
pero sin que les faltara nada. Cada día comenzaba temprano, con el canto de los
gallos y el repicar de los utensilios de trabajo. Pedro recorría los cultivos
revisando el estado de la tierra, mientras sus hijos varones lo ayudaban a
cargar herramientas o a llevar el ganado hacia los potreros.
Su esposa, una mujer paciente y trabajadora, se ocupaba de
la cocina y de organizar la casa, pero sus hijas no eran menos activas. Las
cuatro destacaban en la comunidad no solo por su hermosura, sino también por su
espíritu servicial. Una sabía preparar dulces y panes que compartía con los
vecinos; otra ayudaba en el cuidado de los animales; la tercera solía acompañar
a su madre en las labores de costura. Y Oriana, la mayor de todas, poseía un
don especial para animar a los demás con su carácter alegre.
Era ella quien, al terminar las labores domésticas,
acompañaba a su padre en los establos o ayudaba a organizar la despensa. A
pesar de no ser muy alta, tenía una figura delicada, una piel trigueña que
brillaba al sol y unos ojos claros que reflejaban una mezcla de inocencia y
curiosidad. Su sonrisa, siempre dispuesta, la hacía resaltar aún más entre sus
hermanas, y muchos en el pueblo comentaban que era como un rayo de luz en medio
de la rutina diaria.
Oriana acababa de cumplir dieciocho años, aunque seguía
siendo la niña de la casa a los ojos de su padre, en su interior comenzaba a
soñar con una vida distinta. A veces, mientras cuidaba de su yegua o ayudaba a
su madre en la cocina, se sorprendía imaginando cómo sería el mundo más allá del
pueblo. Escuchaba con atención las historias que llegaban de viajeros y
comerciantes: ciudades bulliciosas, vestidos de colores vivos, bailes en
salones iluminados y una libertad que parecía imposible en la rutina de la
finca.
Aunque era alegre y soñadora, Oriana no dejaba de sentirse
atrapada por las expectativas de su familia. Su padre esperaba de ella
obediencia y recato, pero en las noches, cuando se recostaba mirando el techo
de su habitación, su corazón se agitaba con preguntas que nunca decía en voz
alta: ¿sería capaz de elegir a quién amar? ¿O estaría destinada a un matrimonio
decidido por conveniencia?
En medio de esas inquietudes propias de su edad, su mirada
seguía brillando con la inocencia de quien apenas comienza a descubrirse a sí
misma. Y fue justo en ese tiempo de dudas y anhelos cuando llegó al pueblo un
joven de tierras lejanas: su nombre era Nicolás. Debía tener unos 23 años, era
bastante alto y de complexión fuerte. Su piel morena resaltaba bajo el sol, y
sus ojos oscuros, siempre fijos e imponentes, parecían observarlo todo con
cautela, como si guardara secretos que nadie más debía conocer. Hablaba poco,
pero su sola presencia tenía algo magnético que atraía las miradas. Había
llegado al pueblo buscando mejorar su situación económica y, gracias a su primo
Fidel, consiguió trabajo en la finca del señor Pedro.
Oriana lo vio por primera vez, una mañana en los establos,
cuando él descargaba sacos de maíz de un carro. El sudor le caía por la frente,
y sus movimientos, aunque toscos, tenían una fuerza que la impresionó. Ella
fingió estar pendiente de su yegua, pero en realidad no podía apartar los ojos
de aquel forastero que parecía tan distinto a todos los hombres que había
conocido en el pueblo. Sintió un cosquilleo extraño en el pecho, mezcla de
curiosidad y un nervioso desconcierto.
Nicolás también reparó en ella. Notó cómo la joven, con su
vestido sencillo y su cabello recogido, lo observaba en silencio, y esa mirada
clara lo desarmó por dentro. No intercambiaron palabras, apenas un cruce de
ojos fugaz, pero en ese instante nació una atracción que ninguno de los dos
supo explicar.
Aquel primer encuentro en los establos dejó en ambos una
semilla imposible de ignorar. Oriana buscaba cualquier excusa para pasar cerca
de donde él trabajaba: llevar agua a los jornaleros, revisar que su yegua
estuviera bien alimentada, o simplemente caminar por el corral fingiendo
distraerse. Nicolás, por su parte, mantenía su carácter reservado, pero cada
vez que la joven se acercaba, su gesto serio se suavizaba apenas lo suficiente
para delatar lo que intentaba ocultar.
Cada vez que se cruzaban, el mundo alrededor parecía
desvanecerse. Era como si se hubieran reconocido en secreto, como si sus
corazones hubieran decidido adelantarse a sus propios pensamientos, creando un
lenguaje propio hecho de sonrisas contenidas, miradas prolongadas y silencios
que lo decían todo.
Una tarde, mientras ella recogía flores silvestres en los
límites de la finca, él se animó a ayudarla a cargar el ramo que llevaba en las
manos. Fue entonces cuando sus dedos se rozaron por primera vez y ese leve
contacto los dejó en silencio, como si el aire se hubiera detenido.
Desde ese día, las excusas para encontrarse se
multiplicaron. Ella llevaba manzanas del huerto para compartir con él en los
establos; él, con voz tímida pero firme, comenzó a recitarle versos que
recordaba de sus amigos en la ciudad. Lo que inició como simples coincidencias
pronto se convirtió en pequeños rituales secretos: Oriana esperaba verlo cada
mañana, y Nicolás encontraba en ella la única luz que le hacía olvidar la
dureza del trabajo y la distancia de su tierra natal.
Sus encuentros clandestinos en los establos se convirtieron
en el punto culminante de sus días. El lugar, impregnado del olor dulce del
heno y del sonido apacible de los caballos resoplando, se transformaba en su
refugio secreto. A veces, la luz dorada de la mañana se filtraba por las
rendijas de la madera, iluminando el rostro de Oriana cuando sonreía, y Nicolás
pensaba que ninguna riqueza del mundo podría compararse con esa visión.
Cada mañana, Oriana paseaba por los establos bajo la excusa
de visitar la yegua que su padre le había regalado por su cumpleaños. Nicolás,
aprovechando esos instantes robados, le obsequiaba flores silvestres recogidas
al amanecer y, con voz baja y temblorosa, recitaba sus versos.
—En la ciudad, las noches están llenas de ruido —le contaba
a veces—, pero no tienen la calma de este campo ni la luz de tus ojos.
—Algún día me mostrarás ese mundo —respondía Oriana,
ilusionada—. Solo quiero verlo contigo.
Ella descubrió que debajo de esa máscara arrogante que
Nicolás siempre reflejaba, había un hombre bueno, tierno y vulnerable. Entre
monturas, bridas y el crujir del heno bajo sus pasos, sus conversaciones se
convirtieron en un espacio donde podían soñar en voz alta. Ella hablaba de
querer conocer el mar, él de escapar de la pobreza y construir una vida mejor.
Allí, lejos de las expectativas sociales y de las reglas impuestas, eran
simplemente dos jóvenes que habían encontrado consuelo el uno en el otro.
En una de esas charlas, Nicolás se atrevió a compartir algo
que nunca había contado a nadie en el pueblo. Con voz baja, como si temiera que
las paredes de madera pudieran traicionarlo, le confesó:
—Cuando vivía en la ciudad, trabajé en talleres y en
almacenes. Hacía lo que me pedían, sin importar las horas ni el cansancio. Pero
nunca fui más que “el muchacho del barrio”. Se burlaban de mi acento, de mi
ropa sencilla. Y ahí entendí que, por más que me esforzara, siempre me mirarían
por encima del hombro.
Oriana lo escuchaba en silencio, con los ojos fijos en él.
Nicolás hizo una pausa, apretando los puños como si quisiera desterrar aquellos
recuerdos.
—Por eso juré que lo único que importaría sería el trabajo,
nada más. Incluso pensé que, enamorarme sería una distracción, un lujo que no
podía darme. Pero entonces… —sus ojos se encontraron con los de ella,
brillantes en la penumbra del establo— entonces llegaste tú.
Oriana sintió que las palabras de Nicolás le atravesaban el
corazón, no por la dureza de lo que contaba, sino por la sinceridad que
escondían. Desde ese día, comprendió que su amor no era solo un impulso
juvenil, sino también una respuesta a heridas que él llevaba en lo profundo de
su alma.
Pero no todo era calma. Una tarde, mientras conversaban,
escucharon pasos apresurados acercándose al establo. Oriana apenas tuvo tiempo
de esconderse detrás de los fardos de paja, mientras Nicolás fingía cepillar a
la yegua con total naturalidad. El corazón de ambos latía con fuerza hasta que
los pasos se alejaron y la tensión se disipó. Cuando Oriana salió de su
escondite, los dos se miraron y estallaron en una risa nerviosa que, lejos de
asustarlos, fortaleció aún más su complicidad.
Sabían que estaban violando la regla principal del señor
Pedro, quien repetía una y otra vez que “sus hijas jamás saldrían con sus
trabajadores”. Pero por más que intentaran resistirse, la atracción que sentían
el uno por el otro era más fuerte que cualquier mandato. Así, la relación entre
Oriana y Nicolás siguió floreciendo en secreto.
Buscaron otros lugares apartados donde escapar de las
miradas indiscretas: el río escondido entre sauces, el campo abierto al caer el
sol, un pequeño claro en el bosque donde podían hablar de sus sueños sin temor.
Allí se prometían un futuro que parecía imposible, pero que en sus corazones se
sentía inevitable.
Una tarde, mientras contemplaban el atardecer, Oriana se
aferró a la mano de Nicolás y, con una mezcla de ternura y desesperación, le
confesó:
—No quiero imaginar un día sin ti. Quiero estar siempre a tu
lado.
Él la miró en silencio, con la gravedad de quien sabe que
las palabras pueden cambiarlo todo. —Yo también lo quiero —dijo al fin—, pero
tu padre nunca nos lo permitirá.
Fue en ese instante cuando ambos comprendieron que el amor
que los unía necesitaba algo más que encuentros escondidos. Después de largas
conversaciones y suspiros compartidos, decidieron dar el paso más arriesgado de
sus vidas: fugarse en busca de un destino donde su amor pudiera florecer sin
restricciones.
Lo que no sabían era que Pedro, el padre de Oriana, ya
comenzaba a sospechar. Había notado en su hija una inquietud distinta, un
brillo en los ojos que lo inquietaba. Para él, el amor debía ser un asunto de
conveniencia y obediencia, no de pasiones que amenazaban con desbaratar años de
trabajo y reputación. Aunque quería protegerla, su rigidez lo cegaba; y en su
interior, el temor a perder autoridad lo volvía aún más severo. Oriana sentía
esa presión cada vez más cerca, como un muro que se levantaba entre ella y el
futuro que anhelaba.

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