Archivos Nexeriantes. Capítulo 4

 

Archivos Nexeriantes

Capítulo 4


De regreso a casa, lo liberamos con cuidado en el sótano, donde tenemos todo nuestro equipo. Le colocamos ataduras de suspensión con calibrado manual, y lo aseguramos sin agredirlo. Aún sigue inconsciente. No es prudente forzar su despertar, no si queremos establecer algún tipo de comunicación. Necesitamos que nos perciba como aliados, no como amenazas.

Lo observo desde la distancia. Su cuerpo aún emite una luz muy débil, como si incluso en su inconsciencia siguiera latiendo con energía. No puedo dejar de mirarlo. Es tan ajeno… pero al mismo tiempo, hay algo que lo hace parecer tan vivo, tan vulnerable. Este ser es un misterio.

Ya son las seis de la mañana. Nos hemos turnado toda la noche para vigilarlo; no es seguro dejarlo completamente solo.

—¿Dónde estoy? —Su voz suena profunda y etérea, como un eco distante que resuena en múltiples tonos a la vez, cargada de una melancolía que atraviesa el alma.

—Hola —le respondo, mientras sacudo a mi hermano para que despierte—. Esta es nuestra casa. No queremos hacerte daño, solo hacerte unas preguntas.

Él nos mira, pero guarda silencio.

—¿Puedes decirnos por qué estás en nuestro planeta?

—Yo no quiero estar aquí.

—¿Eso qué quiere decir? ¿Por qué viniste entonces?

—No lo sé… Solo sé que hace unos doscientos años estaba dormido. Cuando desperté, ya estaba en su mundo.

—¿Cómo trabajamos esto? —le susurro a mi hermano.

—Habrá que seguirle la corriente —responde en un susurro también. Luego le lanza otra pregunta al nexeriante—: ¿Cómo te llamas?

—Onirtan.

—Bien. Yo soy Magnus, y esta es mi hermana, Meivis.

El nexeriante solo nos observa. Su expresión melancólica no ha cambiado.

—¿Puedes contarnos lo que has estado haciendo todos estos años? —le pregunta Magnus.

—Llegué aquí y me puse a buscar una forma de regresar. Ha sido imposible.

—¿Por qué pones esos sueños en las personas? —le interrogo.

—Cuando llegué, todos me temían. Me golpearon en algunas ocasiones. Pero un niño, Raúl, me trató bien. Me ayudó a entender su mundo. Un día vi la marca de la muerte en su cara… Su muerte sería en un accidente que podía prevenirse. Como nadie me escuchaba, usé los sueños para advertir a su familia. Pero creyeron que eran solo sueños normales.

—¿No les indicaste que era el niño el del peligro? —insiste mi hermano.

—Los sueños tienen restricciones. No podía revelar directamente la información que ya sabía sobre su muerte.

—Entiendo… continúa, por favor.

—A pesar de los sueños, no hicieron nada. Y el niño murió. Yo no podía intervenir para salvar su vida. Es otra restricción.

—¿Tú advertiste del Titanic? —le pregunto, con una mezcla de asombro y tristeza.

—Sí. Pero todos los que tenían la marca… murieron.

Se queda mirándonos. Y de sus múltiples ojos comienzan a surgir lágrimas: pequeños hilos de luz líquida que caen lentamente, dejando un rastro brillante sobre su piel roja antes de desvanecerse en el aire como destellos efímeros de energía.

—No he podido salvar a nadie que estuviese marcado.

Miro a mi hermano, que está igual de confundido que yo.

¿Este nexeriante quiere salvar vidas?

—¿Por qué querías salvarlos? —le pregunta Magnus.

—La muerte es injusta. No tiene en cuenta la bondad de las personas… solo se las lleva cuando quiere.

—Es parte del equilibrio —responde mi hermano con tono sereno—. Así como tenemos vida, también algún día todos tendremos la muerte.

—Es injusto. Y nadie me presta atención —Ahora su tono ha cambiado. Parece molesto. Esto no puede salirse de control.

—Entiendo cómo te sientes —le digo suavemente—. La muerte es injusta… pero esta vida también lo es. No sé si has visto la miseria y la tristeza que invade la vida de todos. Hay mucho sufrimiento… aunque también cosas buenas: hermandad, amistad, amor. Es un equilibrio. Si no, no podríamos soportarlo por siempre.

Onirtan me mira en silencio, como si estuviera reflexionando sobre mis palabras. Poco a poco, sus lágrimas dejan de caer.

—Yo solo extraño mi hogar… Allá sí hay justicia.

—Podemos regresarte —responde Magnus con determinación.

Onirtan parpadea lentamente. Por primera vez, sus múltiples ojos dejan ver un atisbo de esperanza… o quizá solo alivio.

—¿Cómo? Lo he intentado todo.

—¿Confiarás en nosotros?

—Yo solo quiero regresar. Si de verdad tienen una manera… ayúdenme. Por favor —su voz ahora resuena como una súplica imponente.

Busco el sellador interdimensional. Está en alguno de los cajones, pero no recuerdo cuál. Todo está tan bien organizado que a veces olvido dónde guardamos las cosas.

—El segundo a tu derecha —me dice mi hermano.

—Gracias —le digo cuando por fin lo encuentro. Hay que cargarlo. Ha estado sin usar por mucho tiempo y está débil. Pero será suficiente cuando terminemos esto.

—¿Qué es eso? —pregunta Onirtan.

—Algo que nos ayudará a regresarte —responde Magnus—. Ahora te soltaré. No huyas, o perderás tu única oportunidad.

—¿Estás seguro de esto, Magnus?

—Creo que es un buen chico. No creo que nos haga daño. Lo que me preocupa… es que huya sin dejarnos ayudarlo.

Yo no estoy tan convencida. Sin que se note, con la mirada localizo mi arma neutralizadora sobre el escritorio. Si salto, puedo alcanzarla rápido. Solo por si acaso.

Magnus lo desata. Onirtan se incorpora lentamente, luego nos observa sin moverse.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

Me acerco a él con cautela.

—Con este aparato —le digo, mostrándole el sellador— te haré una marca temporal en el lugar que tú me indiques. Esa marca abrirá un portal hacia tu hogar.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—Suena a mentira.

—Pues tú decides si creernos o no —responde Magnus con calma.

Onirtan alza la mirada hacia el techo, pensativo. Al bajar sus ojos, dice:

—He probado tantas cosas… una más no creo que me perjudique.

—De acuerdo. Entonces, ¿dónde te la pongo?

—¿Dices que es temporal?

—Sí, solo sirve para que lea tu sistema corporal.

—Está bien… ponla aquí —dice, extendiendo uno de sus brazos.

Sello con cuidado. Al instante, una grieta se abre en el aire. Al otro lado, se ven criaturas como Onirtan, caminando entre estructuras que parecen hechas de luz. A diferencia de él, se ven felices.

—No puedo creerlo… —murmura Onirtan, con los ojos muy abiertos—. Si no fuera porque entiendo los sueños, pensaría que estoy soñando.

—Puedes cruzarlo —le dice Magnus.

Onirtan titubea. Luego da un paso. Cuando la mitad de su cuerpo ha atravesado el portal, se gira hacia nosotros.

—Pensaré en lo que dijeron sobre la muerte —dice, con voz más baja. Luego desvía la mirada y añade—: Su planeta… es muy corrupto. Pero, gracias.

Y cruza.

El portal se cierra.

—¿Se terminó? —le digo a mi hermano.

—Se terminó —responde.

—Fue más rápido de lo que esperaba.

—Sí. El planeta lo veía como una amenaza, pero su deseo de irse era real.

—Por eso el portal se abrió tan rápido.

—Eso parece. Esperemos no volverlo a encontrar.

—Sí… ojalá todos se fueran así de fácil.

—No todos tienen los mismos motivos.

—Pues sí.

Hacemos silencio.

Miro el espacio donde estaba el portal. Aún titila en el aire una tenue vibración, como si su energía se negara a desaparecer del todo. Recuerdo lo que mencionó sobre su planeta y pienso: ¿En verdad hay justicia en su planeta? ¿O solo cree que la hay porque no ha vivido aquí lo suficiente para perder la fe? Quizás en su mundo las cosas sí tienen sentido. Aquí... aquí lo intentamos. Pero a veces, solo podemos mirar cómo se desmoronan los que quisimos salvar.

Camino hacia la computadora y recuerdo—: Hay que avisarle a Claudia.

Al escuchar su nombre, la expresión de mi hermano cambia.

—Dame unas horas para dormir y la llamaré.

—Está bien, yo terminaré el informe. Este ingreso nos sirve.

—De acuerdo.

El informe ya estaba muy adelantado, pero no me esperaba que este nexeriante tuviera buenas intenciones. Tuve que hacer algunos cambios para ajustarlo y luego lo terminé. Afortunadamente, ni mi hermano ni yo tenemos clases esta mañana. Luego de enviar el informe, me dispongo a ir a dormir.

 

—Meivis, despierta.

—¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

—Son las once.

—¿A quién le toca preparar el almuerzo?

—A mí, pero hace poco llamé a Claudia y nos invitó a almorzar para que le contemos los detalles del caso.

—Está bien. Me iré a bañar.

—Espera, quiero pedirte un favor.

Mi hermano mira hacia abajo, suspira, y luego me vuelve a mirar— ¿Puedes ser tú quien bloquee los recuerdos de Claudia?

—¿Estás de acuerdo con eso?

—Sí. Lo he pensado y creo que es conveniente, pero preferiría que tú lo hicieras.

—Vayamos allá.

Por fin conocemos a la tía de Claudia, aunque solo por unos breves minutos. Es una mujer muy ocupada en su oficina. Al menos nos dejó solos para contarle los detalles a Claudia.

—Parecía entonces que era bueno —dice Claudia.

—Sí, pero incomprendido —le refuto.

—Como muchos.

Nos quedamos en silencio, pero noto que Magnus y Claudia no dejan de mirarse.

—Saldré afuera a tomar aire un momento.

—Está bien —me dice Claudia.

Creo que necesitan un tiempo solos. Quién sabe, quizás vuelva a tener cuñada.

Luego de unos minutos, entro y noto mucho silencio. Mi hermano está solo. Ante mi cara de pregunta dice:

—Claudia está arriba buscando a su hermanito. Hay que bloquearle los recuerdos también a él.

Yo solo asiento con la cabeza.

Nos quedamos un poco más y luego nos despedimos de Claudia. Justo me entero de que esa noche viajará a su casa para llevar a su hermano, y al día siguiente regresará a la ciudad donde estudia.

—Me gustó verlos de nuevo, chicos —nos dice mientras nos despide en la puerta.

—A mí igual —le digo.

—Ojalá nos podamos reunir, quizás cuando volvamos a nuestra ciudad.

—Sí, organizamos algo.

—Adiós, Claudia —le dice mi hermano con una sonrisa, mientras enciende su moto.

—Adiós —ella le devuelve la sonrisa.

—Estoy lista —le digo a él—. Lamento sacarlos de sus sueños, pero más lamentaré si no voy a la clase de geometría que tendré en dos horas, y creo que tendré examen… del que no he estudiado nada.

Mi hermano saca una amplia sonrisa y arranca.

Esa misma noche, mientras estamos frente al televisor, cenando, le pregunto a mi hermano:

—Bueno, el caso se cerró. ¿Seguirán en contacto?

—Sí.

—O sea que hay posibilidades de que vuelvan.

—No lo sé. Aún hay distancia geográfica. Y sabes que no creo en relaciones a larga distancia.

—Pero podrían seguir en contacto y luego, cuando terminen la universidad, reunirse y quedar juntos.

—Quizás, pero eso solo lo determinará el tiempo.

Yo estoy muy emocionada con la posibilidad.

—Por cierto —mi hermano interrumpe mis pensamientos del futuro—, ¿por qué decidiste no aplicarle el bloqueador de recuerdos?

Me levanto para ir por un vaso de agua, pero le voy respondiendo:

—Creo que entendí por qué tú no lo hiciste antes. Si se le aplica, ella perderá muchos de sus recuerdos normales contigo, los de su relación en la escuela. Creo que eso no debería perderse, sin importar si vuelven a estar juntos o no. Además, hasta ahora ella ha demostrado ser digna de confianza, y si nos llega a difamar, encontraremos la forma de salir adelante.

—Gracias —mi hermano me abraza desprevenida. No me gusta que lo haga mientras estoy descalza. Sus 1.78 m me hacen sentir enana, y yo apenas mido 1.57.

El camino siempre trae sorpresas inesperadas, que solo vamos descubriendo mientras avanzamos.

 

Días después, las cosas han seguido su curso normal desde que nos despedimos de Claudia. No sé si la volveremos a ver, pero mi hermano ha estado muy tranquilo, y eso me tranquiliza a mí también. Cuando se separaron después de la graduación, estuvo deprimido todo un mes.

Ahora me encuentro de camino a la biblioteca de mi universidad. Debo encontrar con urgencia un libro de álgebra lineal. Mientras voy entrando, me paralizo de golpe. El aire parece detenerse, como si el tiempo se hubiera suspendido por un instante. Un chico que iba saliendo también se detiene al verme. Sus ojos, se clavan en los míos. El ruido de fondo se desvanece: ni pasos, ni murmullos, ni el vaivén de libros. Solo ese silencio denso y eléctrico entre nosotros. Nos quedamos así, quietos, con la respiración contenida, mirándonos sin decir palabra. Es como si algo antiguo nos reconociera. Luego, sin saber cómo, como si algo invisible nos diera la orden, cada uno sigue su camino… pero el eco de esa mirada queda latiendo en mi pecho.

No tardé mucho en la biblioteca. Mi mente estaba confundida, no sé si tomé el libro que necesitaba, pero ya eso no me importa. Necesitaba hablar con alguien. Magnus era la persona adecuada. Salí casi corriendo. Debía tomar el bus e ir a casa.

Treinta minutos después, estaba frente a la puerta.

—¡Magnus, ábreme! Es urgente. ¿Estás aquí?

Mi hermano abrió la puerta, restregándose los ojos y bostezando, con la ropa toda desarreglada.

—Lo siento… ¿estabas dormido?

—Sí, pero ahora soy sonámbulo —dijo con sarcasmo.

—Perdón, de verdad, pero no tengo con quién más hablar de esto. Y créeme, no hay nadie más.

—¿De qué se trata? Además… ¿por qué tocaste? ¿Olvidaste tus llaves?

Revisé mis bolsillos.

—Olvidé que las tenía. Mi mente es un caos ahora.

Magnus sonrió, pero al notar mi expresión angustiada, cambió el tono. —Cuéntame.

—¿Recuerdas que hace un tiempo me preguntaste si me gustaba alguien?

—Lo hice porque tú no dejabas de preguntarme. Tenía que contraatacar.

—Sí, lo sé… pero igual te conté sobre ese chico rubio que conocí cuando tenía catorce años.

—Sí, en una fiesta. Lo recuerdo.

—Está aquí.

—¿Y eso qué tiene de malo? Tú no lo has olvidado… Sería una buena oportunidad de conocerlo. Pero primero, verifica si está disponible.

—Es que ese no es el problema.

—¿Entonces cuál es? ¿No sabes cómo acercarte? Te puedo ayudar. Aunque me sorprende que no hayas llamado primero a mamá… o buscado a alguna de tus amigas.

—Es que tú no entiendes…

—Pues dime, ¿qué es lo que debo entender?

—Se supone que él… no existe.

Las palabras salen despacio, como si costara formar cada sílaba.

Mi hermano me mira como si no entendiera si hablo en serio o si estoy bromeando. Pero cuando ve mi cara, la sorpresa se transforma en confusión. Frunce el ceño, con esa expresión que solo pone cuando no tiene respuestas.

—¿Qué quieres decir?

Trago saliva. Mi boca está seca, y mis pensamientos son un caos. Me cuesta ordenar lo que siento. Me cuesta, incluso, creérmelo.

—Que ese chico rubio no existe… o al menos, eso creía. Pero lo vi. Frente a mí. Real. Con la misma mirada que recuerdo. Y… no sé qué pensar… estoy confundida.

Me cruzo de brazos, como si eso pudiera sostenerme. No quiero sonar exagerada, pero todo en mí grita que esto no es normal. Que algo muy raro está ocurriendo, y yo estoy justo en el centro.

—El confundido debería ser yo. ¿Te inventaste a un chico del cual estar enamorada… y ahora resulta que es real?

—No es así. ¡No lo inventé!

—Entonces explícate.

—No te conté toda la historia.

—Pues cuéntamela ahora, que ya me espantaste el sueño.

No sabía por dónde empezar, pero también sabía que la única forma en que me entendería sería contándole todos los detalles.

—Verás, cuando teníamos catorce… tú, no recuerdo dónde estabas, pero yo me quedé una tarde sola con mamá. Me entró mucho sueño, así que me acosté, pero empecé a sentirme como suspendida, como si estuviera entre el sueño y la realidad.

Mi hermano me miraba confundido, así que traté de explicarme mejor.

—Fue como si alguien me sacara del cuerpo y me arrastrara a otro lugar. Llegué a un sitio donde había una fiesta muy elegante. Incluso yo tenía puesto un vestido de gala, sin idea de dónde había salido. Pero, a pesar de la música y la comida, nadie hablaba con nadie. Todos estaban… callados. Me quedé deambulando varios minutos. No conocía a nadie. Pero en un salón, alguien desconocido tomó mi mano y me llevó hasta ese chico rubio. Nos quedamos mirando, sorprendidos. Creo que ambos sentimos una especie de conexión. Él se acercó, sin decir una palabra, extendió su mano… y yo le tendí la mía. Pero en el momento en que nuestras manos se tocaron, sentí que me absorbían. Y desperté.

Mi hermano seguía mirándome en silencio, como tratando de procesar todo lo que acababa de decirle.

—Todo este tiempo creí que solo había sido un sueño, que el chico era producto de mi imaginación. Lo usé como excusa para librarme de amigas que siempre quieren buscarme novio. Pero ahora que lo vi… no sé qué debo creer.

—¿Pero se ve igual que en aquel entonces?

—No. Ya es mayor, como yo, pero estoy muy segura: era él. Y de nuevo nos miramos sorprendidos, pero no nos dijimos nada. Magnus, no entiendo nada. ¿Qué está sucediendo?

—No lo sé… Tal vez sea una coincidencia. O tal vez es algo que debamos investigar.

—No quiero parecer una acosadora.

—No será necesario. Quizá el acosador sea yo —dijo mi hermano, con una sonrisa sarcástica.

—No. Trabajemos juntos en esto. Trataré de acercarme al chico… pero necesito tiempo.

—Está bien. Llegaremos al fondo de esto. Ojalá sea solo una casualidad. No quisiera creer que se convertirá en otro caso más…


Capítulo 3


Continuará…

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