Hasta la última lagrima. Capítulo 2
Hasta la última lagrima.
Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 9
El tiempo siguió su
curso. Los años pasaron sin que nada pareciera cambiar entre ellos. Fernando
mantenía la misma distancia, indiferente, como si Sabina fuera parte del
paisaje. En cambio, dentro de ella, algo había ido transformándose en silencio.
¿Era amor lo que sentía? ¿O solo la ilusión que había cultivado desde niña? No
lo sabía. Pero cada vez que lo tenía cerca, sus manos temblaban, su respiración
se volvía ligera, y el corazón parecía golpearle el pecho con demasiada fuerza.
Sin embargo, sabía cuál era su realidad: en su condición, sin un nombre ni
riqueza que ofrecer, jamás podría atraerlo de otro modo. Y, de alguna manera,
había aprendido a estar en paz con esa verdad.
Fernando, mientras
tanto, se había ido involucrando cada vez más en los negocios de la familia.
Sus viajes eran frecuentes, sus responsabilidades mayores, y su atención hacia
Sabina, nula. Hasta que, un día, al regresar para descansar, la vio en el camino.
Ella cargaba un
pequeño cesto con flores y libros, avanzando distraída bajo la sombra de los
árboles. Cuando levantó la vista, se encontró con él. Por primera vez en todos
esos años, Fernando no apartó la mirada. La reconoció como mujer, y algo en su
pecho se agitó con violencia.
Sabina, nerviosa,
bajó la cabeza y musitó un saludo. Él respondió con un gesto frío, casi
distante, y siguió su camino apresurado. No podía permitirse lo que estaba
sintiendo. Era una emoción nueva, desconcertante, y lo único que supo hacer fue
huir de ella.
Pero el encuentro lo
dejó inquieto. Durante días intentó ignorarla, como siempre lo había hecho.
Solo que esta vez había algo distinto: la buscaba con la mirada, inventaba
excusas para cruzarse en su camino.
Para Sabina todo era
confusión. ¿Por qué, de pronto, él parecía prestarle atención? Su voz, antes
indiferente, la llamaba para pequeños favores; su presencia, antes lejana, se
acercaba demasiado. Pero cada gesto venía acompañado de algo extraño, como si
él mismo no supiera qué hacer con ella.
La primera vez que
le pidió ayuda fue en la casona secundaria, un lugar apartado dentro de los
terrenos familiares donde Fernando solía pasar largas horas. Aquella
residencia, elegante pero discreta, estaba diseñada para darle independencia y
privacidad, de modo que nadie podía entrar allí sin su permiso. Fue
precisamente en ese entorno, lejos de las miradas curiosas de la familia, donde
él comenzó a llamar a Sabina, en secreto, incapaz de apartarla de su mundo,
aunque tampoco dispuesto a admitir lo que en realidad sentía por ella.
—Sabina, ven un
momento. —Quería que se encargara de un trabajo del que ella no tenía la menor
idea.
Ella intentó, torpe,
cumplir la tarea. Sus manos se equivocaban una y otra vez. ¿Por qué hacía esto?
No era su responsabilidad, pero no quería que su tío recibiera quejas de ella.
Cuando alzó la vista, descubrió que Fernando reía en silencio. El calor le
subió al rostro y sintió un impulso de salir corriendo. Para ella, aquello era
humillación; para él, en cambio, era el desconcierto de sentirse cautivado por
la inocencia con la que ella lo miraba, aun cuando no entendía el porqué de su
sonrisa.
A Sabina todo
aquello le resultaba extraño, como si de repente el mundo hubiera cambiado de
dirección. Había momentos en que llegaba a pensar que, al fin, Fernando la
había notado; un simple gesto suyo, una mirada fugaz, bastaban para alimentar
esa idea peligrosa. Pero la ilusión se disolvía cada vez que Marta aparecía en
escena. Su presencia imponía un recordatorio inevitable: en pocos meses
anunciarían su compromiso, y todos en la casa lo sabían.
Eso hacía que Sabina
se sintiera atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Marta, con
su elegancia natural y ese aire de superioridad que parecía no necesitar
esfuerzo, siempre había sido amable con ella. Esa amabilidad le dolía. Le hacía
sentir culpable, como si su corazón escondiera un secreto capaz de traicionar
la bondad de aquella mujer que, sin saberlo, se interponía entre sus
sentimientos y la calma.
Lo peor era cuando
Marta, paseando con Fernando, la encontraba por casualidad y, sin pensarlo, la
invitaba a unirse. Sabina intentaba negarse, pero la insistencia amable de
Marta no dejaba lugar a excusas inmediatas. Terminar caminando a su lado era
como estar en un escenario equivocado: Marta lanzaba preguntas inocentes,
Fernando respondía con frases breves, y en medio de ambos, Sabina luchaba por
mantener la mirada baja, asintiendo en silencio.
En esas ocasiones,
lo que más la inquietaba no era la conversación, sino los ojos de Fernando. No
la miraba con ternura, ni con la complicidad que a veces ella había creído
descubrir. Frente a Marta, sus gestos se endurecían; solo dejaba escapar una
sonrisa cálida cuando ella le dirigía una pregunta directa. Para Sabina,
aquella frialdad era insoportable.
—¿Te sientes bien,
Sabina? —preguntaba Marta con genuina preocupación, al notar su incomodidad.
—Sí, claro… solo
estoy un poco cansada —respondía ella con voz suave, apresurada en buscar una
excusa para retirarse.
Apenas lograba
alejarse de ellos, respiraba con alivio, como si por fin pudiera volver a
habitar su propio cuerpo. Pero ese respiro venía acompañado de la punzada
amarga de la culpa. Se repetía que era una mala persona por permitirse seguir
sintiendo lo que sentía. Y, sin embargo, era incapaz de arrancar de su pecho
aquella esperanza, por mínima y absurda que fuera.

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