Hasta la última lagrima. Capítulo 1

Hasta la última lagrima.

Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 9



Capítulo 1.

Sabina había aprendido demasiado pronto lo que significaban el abandono y el desarraigo. A los ocho años quedó huérfana, y desde entonces pasó de una casa a otra, de pariente en pariente, siempre con la misma rutina: unas semanas de aparente cuidado, hasta que la miraban como un peso indeseado. La hostilidad no siempre era explícita, pero ella la sentía en las miradas, en los silencios, en los gestos cansados de quienes solo esperaban librarse de su presencia.

Cuatro años después, cuando le tocó vivir con uno de sus tíos, este decidió enviarla lejos, con alguien que pudiera hacerse cargo “sin tantas cargas”. Así fue como su destino se cruzó con Rufus, un hombre mayor, tío del padre de Sabina. Viudo, sin hijos, aún trabajaba para una familia rica en un país distinto. Habitaba una casita de madera en el camino del bosque, no muy lejos de la gran mansión donde servía.

Al principio, Rufus no quería hacerse cargo. Había imaginado sus últimos años en calma, entregado solo a su labor, sin voces que perturbaran la soledad en la que se había acostumbrado a vivir. Pero todo cambió en el instante en que la niña se paró frente a él.

Su delgadez era alarmante, pero en sus ojos brillaba una chispa, y en sus labios tímidos una sonrisa que, pese a todo, intentaba ser amable.

—No molestaré mucho, lo prometo —dijo Sabina, como si entendiera que debía justificarse antes de que él hablara.

Rufus frunció el ceño, incómodo. No estaba seguro de querer esa compañía. Sin embargo, aceptó “probar unos días”. Lo que no esperaba era descubrir lo difícil que sería sacarla de su vida.

La niña lo seguía en silencio, pendiente de cada indicación. Si él cortaba leña, ella recogía las astillas; si él limpiaba herramientas, ella observaba y preguntaba hasta aprender. Y cuando por primera vez le ofreció una taza de agua, después de correr torpemente a buscarla, Rufus entendió que no se trataba solo de obediencia: Sabina quería agradarlo, como si en ese esfuerzo se le fuera la vida.

Con los días, aquella sensación de resistencia en el pecho de Rufus empezó a desvanecerse. La niña, sin proponérselo, se convirtió en la hija que nunca tuvo, en la compañía inesperada que le devolvía un poco de calor a la casa silenciosa. Y Sabina, por fin, respiraba una paz que no recordaba desde la pérdida de sus padres.

El bosque que rodeaba la casa parecía menos sombrío cuando ella corría entre los árboles. Los demás trabajadores de la finca la recibieron con ternura, y hasta la familia adinerada permitió, casi con gusto, que Sabina permaneciera allí. Muy pronto la niña volvió a estudiar; aunque iba rezagada, su inteligencia era tan viva que en poco tiempo alcanzaba a los demás.

Para Sabina, cada día se volvía un pequeño triunfo: un libro nuevo, un elogio inesperado, un abrazo torpe de Rufus. Y en esa rutina sencilla, encontró la felicidad que creía perdida.

En ese tiempo, conoció a Daniel, el hijo de un trabajador de la familia, muchacho que frecuentaba la casa para acompañar a su padre. Como tenían la misma edad, simpatizaron de una vez, con juegos y risas se hicieron muy cercanos, Sabina nunca había tenido esta oportunidad, tener un amigo en quien confiar.

Tres meses habían pasado desde que Sabina llegó a la casa de Rufus. Su vida, por primera vez en años, tenía la forma de una rutina feliz: estudiar en las mañanas, ayudar a su tío en pequeñas tareas y correr por los senderos del bosque hasta que el sol se ocultaba tras los árboles, a veces lo hacía sola, y otras, en compañía de Daniel, cuando este podía visitarla.

Ese verano, la calma se vio interrumpida con la llegada del heredero de la familia, único hijo y orgullo de la mansión: Fernando. Tenía dieciocho años, y aun cuando apenas descendió del auto, Sabina escuchó a los trabajadores murmurar sobre lo apuesto y altivo que se veía.

El primer encuentro ocurrió una tarde, cuando Sabina regresaba a casa por el camino del bosque. Entre las ramas se encontró de frente con él. Ella se detuvo en seco. Lo había imaginado muchas veces, pues Rufus le había hablado de él, pero la realidad la sobrecogió. Era alto, de porte seguro, con la ropa impecable que contrastaba con el polvo del sendero.

Fernando, que ya había sido advertido de la presencia de “una niña bajo el cuidado de Rufus”, no se sorprendió demasiado. La miró con una mezcla de curiosidad y desdén distante, como quien observa algo nuevo, pero sin darle demasiada importancia.

Sabina, en cambio, sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. En su mente infantil, la imagen de aquel joven se transformó en un príncipe de los cuentos que escuchaba de pequeña.

—Bue… buenas tardes… —balbuceó, con las manos apretadas tras la espalda para ocultar su temblor.

Fernando arqueó una ceja, divertido ante la torpeza.

—Tú debes de ser Sabina, ¿no?

Ella asintió rápido, demasiado rápido, y enrojeció al darse cuenta de que la miraba fijamente. Antes de que él pudiera decir algo más, bajó la cabeza y salió corriendo hacia la casa. Fernando río suavemente, sin comprender aquella extraña mezcla de timidez y urgencia, y pronto se olvidó del incidente.

Sabina, en cambio, llegó jadeante junto a Rufus, con el corazón desbocado. Le contó lo sucedido con torpe entusiasmo, y su tío le explicó que aquel muchacho era el heredero de la familia. Desde ese instante, ella no pudo apartarlo de sus pensamientos.

Esa noche, tumbada en su cama, inventó historias en silencio: Fernando la rescataba de los parientes crueles que la habían humillado, la llevaba a un castillo brillante donde ella podía reír sin miedo, cumplía todos sus deseos como en los cuentos de hadas. La imaginación infantil se convirtió en semilla de un amor platónico que crecía en secreto. Ni siquiera se atrevió a escribirlo en su pequeño diario; temía que Rufus descubriera sus fantasías y la reprendiera.

Al día siguiente, Rufus decidió presentarla formalmente ante el joven. Sabina apenas podía sostenerse de los nervios. Se alisó el vestido con manos temblorosas y trató de poner un gesto serio, pero su rubor la delataba.

Fernando la observó con cierto desinterés, creyendo que la niña simplemente se sentía intimidada.

—Mucho gusto —dijo con un tono amable, aunque teñido de arrogancia.

Para Sabina, sin embargo, aquella voz sonó como música. Estaba convencida: frente a ella se encontraba su príncipe.

Los días siguientes, Sabina continuó alimentando en silencio la idea de un príncipe oculto en Fernando. Se inventaba finales felices en los que él la tomaba de la mano y juntos escapaban hacia un mundo sin dolores ni pérdidas. Sin embargo, en la vida real lo evitaba siempre que podía. La sola presencia del joven le producía un temblor en las piernas que la obligaba a escapar.

Más de una vez, en su huida nerviosa, tropezó con una raíz del bosque o resbaló en el patio, cayendo justo frente a él. Fernando apenas le dedicaba una mirada fría, indiferente, antes de continuar su camino, como si nada hubiera sucedido. Para él era solo una niña torpe; para ella, cada caída era un incendio de vergüenza en las mejillas. Nunca sospechó que aquella pequeña lo observaba con tanta devoción.

La ilusión, sin embargo, no tardó en resquebrajarse. Una mañana llegó de visita otra familia rica, parientes lejanos de los señores de la casa. Entre ellos venía Marta, una niña de unos trece años. Era bonita, siempre bien vestida y con modales que hacían sonreír a los adultos. Sabina escuchó a las empleadas comentar en susurros que Marta solía visitar con frecuencia la casa durante las vacaciones, siempre que Fernando estaba allí. También oyó algo que le atravesó el pecho como una espina: Las familias esperaban que, cuando Marta creciera, se comprometiera con Fernando.

Esa noche, Sabina se abrazó a su almohada con fuerza. Su imaginación se marchitó de golpe. Comprendió, con dolor silencioso, que jamás podría ocupar un lugar en el corazón de Fernando si él ya tenía una prometida.

Quiso convencerse de que lo mejor era dejar morir aquel sentimiento, enterrarlo como se entierran los juegos de la infancia. Pero en el fondo sabía que era imposible. Lo que había creído un simple capricho se estaba convirtiendo en algo más profundo, y aunque prometió guardarlo en secreto hasta que se desvaneciera, ese amor, en lugar de desaparecer, crecería junto con ella.



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