Donde el Amor Deja Huella. Capítulo 1

 

Donde el Amor Deja Huella

Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 8


Capítulo 1.

La primera vez que se vieron fue en una fiesta. Una amiga en común los presentó casi por compromiso, en medio del bullicio y las luces suaves del salón. Eduardo era dueño de una pequeña empresa de publicidad en ascenso. Cilia, por su parte, era administradora en una de las filiales de su familia, una mujer criada en cuna de oro, pero con una actitud sorprendentemente sencilla y espontánea.

A pesar de haber crecido rodeada de comodidades, nunca se sintió del todo parte de aquel mundo pulido y predecible. Había aprendido a moverse entre empresarios, banqueros y cenas donde todos hablaban como si vender una idea fuera más importante que escucharla, pero nunca dejó de sentir que muchos de esos ambientes carecían de algo esencial: autenticidad.

Desde hacía un tiempo, incluso las reuniones sociales que tanto fascinaban a su madre le resultaban agotadoras. Los comentarios medidos, las sonrisas ensayadas, las conversaciones sobre viajes o inversiones… todo le parecía una cadena de rutinas disfrazadas de elegancia. Quizás por eso había desarrollado un carácter directo, práctico, un poco terco a veces, pero siempre honesto.

Estaba cansada de lo superficial. Cansada de que la trataran como “la hija de”. Cansada de que muchos hombres se acercaran más a su apellido que a su persona. Y aunque pocos lo notaban, llevaba tiempo deseando encontrarse con alguien que no le hablara como si supiera quién era ella antes de conocerla.

Esa noche, sin embargo, no esperaba nada. Solo había ido porque su amiga insistió, y porque en el fondo le resultaba más fácil decir que sí que enfrentarse a las preguntas de su madre sobre su vida social.

Pero ese primer encuentro, dejó a Eduardo intrigado por ella: le cautivó su seguridad, su carisma natural, su manera de hablar sin pretensiones, tan distinta de lo que él imaginaba de alguien como ella. Sin embargo, para Cilia, Eduardo fue apenas una nota al margen: un hombre alto, delgado y con sonrisa fácil, a quien conoció por casualidad. Nada más.

Pero el destino, con sus caprichos sutiles, se encargó de cruzarlos de nuevo.

Pocos días después, ambos fueron invitados a un evento de caridad. Eduardo llegó sin demasiadas expectativas. Su mente seguía ocupada en los planes para expandir su pequeña empresa de publicidad: soñaba con atraer clientes más grandes, ganar estabilidad financiera y demostrar que podía competir con firmas consolidadas pese a sus recursos limitados. Aunque él no lo reconociera abiertamente, ese tipo de eventos también eran una oportunidad para observar, aprender y, si se daba la ocasión, hacer contactos que impulsaran su proyecto.

Cilia, en cambio, iba con una misión clara: encontrar al señor Gonzalo, un asesor comercial recomendado por su padre, ideal para apoyar un nuevo proyecto familiar.

Apenas entró al lugar, Eduardo la vio desde lejos. Su elegancia serena y su andar firme no pasaban desapercibidos. Pero ella no estaba allí para distraerse. Recorrió el salón con la mirada fija, buscando entre la multitud al hombre que tanto necesitaba encontrar. Finalmente lo vio. Se acercó con decisión, entabló conversación y comenzó a explicarle el proyecto.

Justo en ese momento, Eduardo apareció, interrumpiéndolos, sin saberlo. El señor Gonzalo se excusó y se alejó, dejando a Cilia con una frustración que apenas logró contener. Se despidió con cortesía fingida y se dirigió al tocador. Por dentro, maldecía a Eduardo con cada paso.

Cuando volvió al salón, ya más tranquila, reanudó la búsqueda. Para su sorpresa, vio al señor Gonzalo, hablando animadamente con Eduardo. Sintió un nuevo brote de enojo, pero él la vio y, con una sonrisa, le hizo un gesto para que se acercara.

—Cilia —dijo Gonzalo al verla—. ¿Ya conoces a Eduardo?

—Sí, señor. Ya nos conocíamos —respondió ella, con voz serena pero un deje de indiferencia.

—Perfecto. Este joven tiene una empresa de publicidad. Aunque aún es pequeña, ha crecido con rapidez. No me sorprendería que pronto esté entre las mejores.

Cilia sintió un ligero golpe de realidad. No esperaba escuchar algo así, y menos de alguien tan respetado como Gonzalo. Por un segundo, su enojo se mezcló con una curiosidad silenciosa que no quiso admitir. ¿Era posible que hubiera juzgado demasiado pronto?

—No lo sabía. Te felicito, Eduardo —dijo Cilia, con un toque de admiración, aunque sin entusiasmo.

—Gracias, Cilia. Aún queda mucho por recorrer —respondió él con una sonrisa genuina.

Las palabras de él, tan simples y sinceras, cayeron en un lugar inesperado dentro de ella. Nada de pretensión, nada de presunción… solo trabajo y honestidad. Era extraño. No encajaba con la imagen que se había hecho de él.

—Cualquier cosa que necesites, házmelo saber —le dijo Gonzalo a Eduardo. Luego se volvió hacia Cilia—. ¿Puedes creerlo? Este jovencito es mi ahijado. No lo veía desde que tenía catorce años, y ya han pasado quince años.

Cilia levantó ligeramente las cejas, sorprendida. Se dio cuenta que él solo le llevaba un año... pero se obligó a borrar ese pensamiento. No debía importarle. Aún así, algo en ella comenzaba a perder firmeza. Era como si una voz interna susurrara: “Quizás no es tan distraído como creí. Quizás no fue su culpa.” Pero inmediatamente la calló. No quería permitir que su percepción se ablandara tan rápido.

—El mundo es muy pequeño —dijo, tras una breve pausa.

—Te dejo hablando con mi ahijado. Aquí tienes mi tarjeta, llámame mañana para concretar la reunión y hablamos del proyecto que me comentaste.

—Muchas gracias, señor —dijo ella con una sonrisa que no pudo contener.

Mientras Gonzalo se alejaba, Eduardo la observaba con curiosidad. En su interior buscaba las palabras adecuadas.

—Me disculpo por lo de hace un rato —dijo.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, aún embriagada de emoción por lo que acababa de lograr.

—Interrumpí tu conversación con mi padrino. No sabía que era importante.

Cilia se volvió hacia él y levantó la tarjeta que Gonzalo le había entregado.

—¿Tú le pediste que hiciera esto por mí?

—No.

Ella alzó una ceja, dudando.

—Déjame explicarte —dijo Eduardo, algo nervioso—. Cuando te retiraste, noté que estabas molesta. Supuse que había interrumpido algo importante, así que fui a buscarlo, aunque no tenía idea de qué decirle. Pero apenas me acerqué, él me reconoció. Me pidió disculpas por no haberlo hecho antes. Hablamos un poco de mis padres, y ahí fue que recordé que era mi padrino... Aunque, para ser sincero, tengo muy pocos recuerdos de él. Pero aproveché la oportunidad y le pedí disculpas por haberlos interrumpido, así que él me comentó que le habías hablado de un nuevo proyecto y que le parecía interesante, por eso cuando te vi, te llamé.

Cilia sintió un leve aleteo de culpa. No lo esperaba nervioso, ni tan dispuesto a reparar un error que ni siquiera sabía que había cometido. “¿Fui demasiado dura?”, pensó. La idea la incomodó más de lo que le gustaba admitir.

—Gracias. Me tomó semanas lograr esta conversación. Mi padre ya quería que me rindiera, pero no me gusta rendirme sin intentar todas las opciones. Gracias, de verdad.

—Fue un placer. Y otra vez, mis disculpas —respondió él, sonriéndole con inocencia.

Ella lo miró unos segundos... y sin querer, compartió su sonrisa.

Cuando volvió a casa, no podía evitar pensar en Eduardo. No entendía por qué no le pidió su número, si parecía interesado. Quizás, pensó, fue su propio enojo lo que le quitó encanto a la situación.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Hasta la última lagrima. Capítulo 1

Hasta la última lagrima. Capítulo 2

El Camino del Amor y el Arrepentimiento. Capítulo 1