Sombras de un Amor Perdido. Capítulo 1

 

Sombras de un Amor Perdido


Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 6


Capítulo 1.

Nora siempre había sido una chica caprichosa. Sus padres, dispuestos a cumplir cada uno de sus deseos, la mimaban con todo lo que pedía. Aunque su familia no era rica, pertenecían a la clase media y tenían grandes aspiraciones de ascender socialmente, dispuestos a hacerlo a cualquier costo. Desde pequeña, Nora había crecido escuchando frases como “no nacimos para quedarnos donde estamos” o “tienes que destacar, hija”. Aquellas palabras, repetidas tantas veces en su hogar, se habían convertido en una especie de mandato silencioso que la acompañaba a todas partes.

A los diecinueve años, Nora estaba en su segundo año de universidad. Aunque sus padres apenas se interesaban por sus estudios, ella sentía una presión constante por destacar. Quería ser la mejor, no por reconocimiento académico, sino porque temía que, si fracasaba, sus padres la vieran como una decepción más. Mientras ellos soñaban con escalar socialmente y codearse con gente de dinero, Nora se refugiaba en los libros, convencida de que sus logros podrían, de algún modo, darle el valor que su familia parecía medir solo en apariencia y posición.

Fue entonces cuando conoció a Marcos, un joven profesor de literatura de veintiochos años, que acababa de empezar a enseñar en la universidad. Marcos había sido recomendado por la universidad donde se licenció con honores, y se destacaba por su trato igualitario hacia todos sus estudiantes. Sin embargo, no pasaba desapercibido que muchas de sus alumnas asistían a sus asesorías, atraídas por su apariencia y su paciencia para explicar.

Al principio, Nora también se sentía atraída por su atractivo físico y asistía a las asesorías solo para pasar tiempo con él. En más de una ocasión, se había arreglado más de lo habitual antes de entrar, esperando una mirada que nunca llegaba. Al darse cuenta de que Marcos era extremadamente profesional y mantenía una relación estrictamente académica, Nora perdió el interés y se limitó a asistir solo a sus clases.

Pero el destino, a menudo caprichoso, tenía planes diferentes para ambos. Con el paso de las semanas, Nora comenzó a notar que su rendimiento no era tan bueno como esperaba. No se trataba de falta de interés, sino de distracción: su mente solía perderse entre preocupaciones que nada tenían que ver con la literatura. Aun así, sabía que no podía darse el lujo de bajar sus notas, sobre todo considerando la situación económica de su familia. Decidida a mantener su promedio, optó por asistir a una tutoría con el profesor Marcos. No se sorprendió al encontrarlo solo, ya que, al igual que ella, las otras chicas habían desistido de intentar atraer su atención al darse cuenta de su profesionalismo. Marcos, en cambio, sí se sorprendió al verla entrar. Hacía mucho tiempo que no recibía visitas de ningún alumno.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó, dejando el bolígrafo sobre el escritorio.

—Sí —respondió Nora, algo nerviosa—. Quería saber si puedo hacer algún trabajo extra.

Marcos la observó con cierta curiosidad.

—¿Trabajo extra? —repitió, ladeando la cabeza.

—Profe, mis notas no son las mejores y ya estamos a mitad de semestre —dijo ella, evitando su mirada—. Creo que todavía puedo hacer algo para no perder la materia. Me gustaría que me ayudara… por favor.
Marcos apoyó las manos sobre el escritorio, pensativo.

—No me parece justo dejar tareas extras solo a usted, señorita…

—Nora —interrumpió ella con apuro—. Pero, profe…

—Señorita Nora —corrigió él con suavidad—, hay varios estudiantes que también lo necesitan.

Se quedó en silencio unos segundos, mirando hacia el techo, como si ordenara sus ideas.

—Creo que me ha dado una buena idea con su petición. Haré lo que me sugiere, pero no solo para usted. Propondremos trabajos adicionales para obtener créditos extra. Lo anunciaré en la próxima clase. Esté atenta.

Nora asintió, intentando ocultar la ligera decepción que le provocó no recibir una ayuda exclusiva. Aun así, sintió alivio; algo en su tono le transmitía comprensión más que rigidez.

En la siguiente clase, Marcos cumplió su palabra. Anunció la nueva medida: tareas adicionales para quienes quisieran recuperar puntos. Pero no serían simples. Exigían una investigación exhaustiva y, para sorpresa y preocupación de Nora, también incluían sesiones de asesoría. Al principio intentó manejarlo todo por su cuenta, pero pronto comprendió que estaba atrapada en un callejón sin salida. Las notas seguían cayendo, y la idea de reprobar comenzó a perseguirla como una sombra. Desesperada, decidió finalmente acudir a las asesorías.

Pocos estudiantes aceptaron el reto de las tareas adicionales; eran demasiado exigentes y pronto la mayoría se desanimó. Nora, en cambio, persistió. Comenzó a asistir a las sesiones con Marcos, decidida no solo a mejorar sus calificaciones, sino a demostrar que podía superar la materia por mérito propio.

Con el paso de las semanas, su participación en clase se volvió más constante. Empezó a comprender con mayor claridad las explicaciones de Marcos, y sus calificaciones reflejaron el cambio. Sin embargo, algo más empezaba a tomar forma entre ambos, algo que ninguno de los dos alcanzaba todavía a reconocer.

Durante las sesiones de asesoría, las conversaciones empezaron a desviarse lentamente de lo académico. Entre correcciones de ensayos y lecturas compartidas, se colaban anécdotas personales, risas espontáneas y silencios que decían más de lo que ambos estaban dispuestos a admitir.

Nora comenzó a descubrir en Marcos a alguien más que un profesor: veía en él una sensibilidad poco común, un sentido del humor sereno y una pasión por la literatura que la envolvía. A veces, cuando él le explicaba un poema o una idea compleja, Nora no podía evitar observar la calma con la que hablaba, el modo en que sus manos acompañaban las palabras. A su pesar, empezó a buscar cualquier excusa para quedarse un poco más.

Marcos también lo notaba. Había en ella una energía distinta: la misma determinación que mostraba en clase, pero ahora mezclada con una dulzura que lo desarmaba. Intentaba mantenerse profesional, pero a veces, cuando sus miradas se cruzaban o sus manos se rozaban al pasarle un cuaderno, sentía un leve estremecimiento que lo hacía dudar de su propia serenidad.

El tiempo seguía pasando, sus asesorías se volvieron más frecuentes, más cercanas. Ninguno hablaba abiertamente de lo que sentían, pero cada encuentro cargaba una tensión casi imperceptible, una complicidad que iba más allá de lo académico.

Cuando el semestre llegaba a su fin, ambos comenzaron a reconocer lo inevitable: lo que había empezado como un interés intelectual se había convertido en algo más profundo. Marcos luchaba contra sí mismo; sabía que su papel como profesor le imponía límites claros, y que cruzarlos significaría traicionar sus propios principios. Pero cada vez le resultaba más difícil ignorar lo que sentía.

Nora, por su parte, estaba confundida. Admiraba a Marcos por su integridad, pero también sentía una creciente necesidad de estar cerca de él. Lo que antes era respeto académico se había transformado en un afecto genuino, lleno de gratitud y deseo.

El punto de quiebre llegó un día, cuando Nora fue a su oficina para agradecerle. Había obtenido las mejores calificaciones de su vida y quería decírselo en persona. La emoción en su voz era palpable.

—Gracias, profe —dijo, conteniendo las lágrimas—. No lo habría logrado sin usted.

Marcos sonrió, conmovido. Sin pensarlo demasiado, se acercó y la abrazó. Al principio fue un gesto sincero, un reconocimiento silencioso de todo el esfuerzo compartido. Pero el abrazo se prolongó. Los latidos de ambos se mezclaron en el mismo ritmo, y el aire se volvió más denso, más frágil.

Se separaron lentamente. Sus miradas se buscaron, atrapadas en un silencio que parecía detener el tiempo. Y, casi sin pensarlo, se inclinaron uno hacia el otro. Fue un beso breve, pero tierno, lleno de la emoción contenida durante todo el semestre. Sin embargo, el sonido repentino de voces en el pasillo los hizo apartarse bruscamente. El hechizo se rompió. Nadie los había visto, pero ambos sabían que habían cruzado una línea invisible. Aun así, en ese instante, comprendieron que nada volvería a ser igual.









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