La Casa del Zapatero. Capítulo 1
La Casa del Zapatero
Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 5
Capítulo 1.
El
reloj marcaba las cuatro y sabía que llegaría tarde si no me apresuraba. La
biblioteca cerraría pronto y aún tenía que recoger mis zapatos. Llevo tres años
en esta ciudad de ritmo frenético, pero aún me estoy adaptando.
Aceleré
el paso y llegué a la casa del zapatero. Toqué el timbre y me recibió hablando
por teléfono. Me pidió que esperara un momento. "¿Cuánto podría
tardar?" pensé. Grave error. Pasaron cinco minutos, luego diez.
Finalmente, tras quince minutos, colgó.
—Discúlpeme
—dijo.
—No
hay problema —aunque por dentro estaba impaciente.
—Era
mi exesposa —continuó.
—Entiendo
—dije, tratando de mantener la conversación breve.
—Hace
mucho tiempo que no nos vemos. Ella vive en otra ciudad. No hay aeropuertos y
el transporte es caro.
Asentí,
sin saber cómo cortar la conversación sin parecer grosera.
—Ambos
somos ancianos y ella tiene ciertas enfermedades. Yo también tengo algunos
achaques —añadió.
—Comprendo
—respondí. No quería seguir escuchando, pero tampoco quería parecer
indiferente. Finalmente, pregunté—: ¿Por qué están tan lejos?
El
zapatero tomó asiento y también me ofreció una silla. No sabía cuánto iba a
durar, pero una buena historia puede encontrarse en cualquier parte.
—Teníamos
unos veinte años cuando nos conocimos por casualidad en un parque de esta
ciudad. Nos habíamos visto tantas veces, pero fue ella quien tomó la iniciativa
de hablarme. Yo no sabía ni cómo empezar, pero ella siempre fue valiente y
atrevida.
Hizo
una pausa, y sus ojos se iluminaron con el recuerdo.
—Después
de varios encuentros, le pedí que fuera mi novia. Fue un momento torpe, estaba
tan nervioso que casi no podía hablar, pero ella simplemente sonrió y dijo que
sí. Seis meses después, nos casamos. Tuvimos tres hijos: dos niñas y un niño.
Ambos trabajábamos duro, pero siempre encontrábamos tiempo para estar juntos.
Íbamos a pasear al parque los domingos, el mismo donde nos conocimos. Cada
aniversario, volvíamos a ese lugar y nos sentábamos en el mismo banco. Éramos
felices, o al menos eso creía yo.
La
voz de Alfredo se quebró un poco al decir esto último. Vi cómo sus manos
temblaban ligeramente mientras recordaba esos momentos.
—Me
gustaba sorprenderla con flores sin motivo, cocinar su plato favorito en
ocasiones especiales y hasta aprendí a bailar solo para verla sonreír. Pero,
con el tiempo, esas pequeñas cosas no fueron suficientes.
Me
di cuenta de que en su mirada había una mezcla de nostalgia y tristeza
profunda.
—Después
de diez años de matrimonio, llegó con la noticia que nunca esperé escuchar:
quería el divorcio. Me dejó sin habla. Mi cabeza intentaba buscar un motivo,
pero no encontraba ninguno. Aun así, le pedí una explicación. —Ya no estoy
enamorada de ti —dijo sin rodeos—. Todo se ha vuelto monótono, estoy aburrida.
Además, estoy enamorada de un hombre del trabajo. Llevamos cinco meses
saliendo. —Las palabras resonaban en mi mente, pero me resultaba imposible
creerlas. Infidelidad y yo ni cuenta me había dado. Aún la amaba profundamente,
pero firmé los papeles porque, a pesar de todo, deseaba su felicidad. Fue muy
duro; si lo pienso ahora, realmente rompió mi corazón.
—Ella
me dejó con los niños y se fue con ese hombre. Al principio, no sabía cómo iba
a manejarlo. Este siempre había sido mi oficio: hacer y arreglar zapatos, pero
lidiar con niños pequeños no es fácil. Sin embargo, logramos superarlo, aunque
no fue sin esfuerzo y sacrificio.
—Pasados
tres meses, me enteré por algunos amigos en común que se había ido a vivir a
otra ciudad con ese hombre. Supongo que ambos trabajaban allá. Durante un
tiempo no supe más de ella, hasta que, un año y medio después, apareció en la
puerta de mi casa. —Estoy muy arrepentida por lo que hice —dijo, con la voz
quebrada—. Hace seis meses que ya no estoy con ese hombre. Me engañaba con otra
compañera de trabajo. —La vi de pie, temblando ligeramente. En sus ojos había
una mezcla de dolor y esperanza. Me pidió otra oportunidad.
—Lo
siento, pero no puedo —respondí, sintiendo cómo mi corazón se endurecía. Mi
orgullo estaba herido, y aunque la había perdonado, el dolor que me causó era
demasiado profundo. No podía volver a confiar en ella de la misma manera. —Por
el bien de nuestros hijos, mantengámonos como amigos —sugerí. Ella aceptó con
mucha tristeza en sus ojos, y en ese momento supe que realmente estaba
arrepentida. Pero a veces, el arrepentimiento no es suficiente para reparar lo
roto.
Guardó
silencio un momento, y comprendí que su historia aún no había terminado.
Capitulo 2...

Comentarios
Publicar un comentario