El Zorro. Capítulo 1
El Zorro
Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 4
Era
una noche fría y oscura, con la promesa de lluvia en el aire, una rareza en el
pueblo. La comunidad era tan pequeña que todos se conocían, aunque algunos
nunca intercambiaran palabras. Las calles estrechas y las casas de ladrillo
antiguo parecían susurrar historias de tiempos mejores.
En
ese lugar vivía un Robin Hood moderno, conocido como "el Zorro" por
su atuendo negro. Robaba a los ricos y a los gobernantes corruptos, quienes
despojaban al pueblo de sus escasos recursos, y devolvía lo robado a sus
legítimos dueños. Hacía justicia a su manera y por eso el pueblo lo amaba.
El
Zorro se había convertido en una leyenda viviente, un símbolo de esperanza y
resistencia contra la opresión.
Los
niños, en sus juegos, a menudo imitaban las hazañas del Zorro, soñando con ser
tan valientes como él. Algunas tardes, cuando el sol se ocultaba tras los
tejados, los niños del pueblo salían a las calles con ramas en las manos
simulando espadas. Se cubrían el rostro con trozos de tela negra y gritaban
entre risas:
—¡Ríndete,
villano! ¡El Zorro ha vuelto!
Corrían
entre las casas, saltando charcos y escondiéndose detrás de los muros,
imaginando que rescataban a los suyos de los poderosos. Los adultos los
observaban desde las ventanas con una mezcla de ternura y nostalgia, recordando
que, aunque la pobreza y el miedo pesaban, todavía quedaba espacio para soñar
con justicia.
Los
ancianos contaban historias sobre sus robos con una mezcla de temor y
admiración.
—Dicen
que el Zorro robó anoche la caja del alcalde —comentaba uno, frotándose las
manos frente al fuego.
—¡Bah!
—replicaba otro—. Héroe o ladrón, todo depende de a quién le robes.
—Pues
a mí me devolvió el dinero que me habían quitado —interrumpía una anciana con
voz temblorosa, pero firme—. No me importa si roba o no, ese hombre tiene
corazón.
Los
demás asentían en silencio, mientras el fuego crepitaba. Nadie lo conocía
realmente, pero todos sentían que, de algún modo, los protegía.
Las
historias sobre el misterioso enmascarado se mezclaron con la fantasía. Algunos
aseguraban que podía desaparecer entre las sombras, que caminaba sin dejar
huellas y que su silbido bastaba para asustar a los guardias. Otros afirmaban
haberlo visto saltar los techos como un gato, o hablar con los perros
callejeros para que le avisaran cuando alguien lo buscaba. Nadie sabía cuánto
había de verdad en esos cuentos, pero en un pueblo oprimido por el miedo, los
rumores eran más poderosos que la realidad.
Esa
noche, un carro negro rondaba por el pueblo. Eran las nueve en punto y aunque
normalmente los habitantes permanecían fuera hasta las diez u once, esta vez
todo estaba en silencio. Las casas estaban bien cerradas y el aire estaba
cargado de temor. La luna apenas asomaba entre las nubes, proyectando sombras
inquietantes sobre las calles desiertas. Todos sabían lo que ese carro buscaba:
una nueva víctima, alguien a quien desaparecer si no delataba al ladrón.
Pero
nadie imaginaba que esa noche buscaban a su héroe enmascarado, su Zorro.
Buscaban su casa. Buscaban a Omar.
Omar,
con su aspecto tranquilo y su sonrisa fácil, no parecía el tipo de persona que
se enfrentaría a los poderosos. Sin embargo, bajo esa fachada se escondía un
hombre decidido y valiente.
En
su casa, iluminada por una tenue luz amarilla, Omar y su esposa, Zaira,
disfrutaban de una charla tranquila, ajenos a la tragedia que se avecinaba.
Omar
fue criado en el pueblo. De sus padres solo se sabe que habían llegado al lugar
y lo habían dejado al cuidado de un hombre viudo, el señor Osmar, quien decía
ser su tío. Aunque no era rico, Osmar lo trató como a su propio hijo,
enseñándole el valor de la honradez y el trabajo duro.
Ganaban
lo justo vendiendo en el mercado, y allí fue donde Omar aprendió sus primeras
lecciones sobre la vida. Desde pequeño acompañaba a su padre adoptivo entre los
puestos llenos de frutas, pan recién horneado y voces que se mezclaban en un
bullicio familiar. Le gustaba observar cómo la gente regateaba, escuchar las
risas de las vendedoras y sentir el olor a tierra húmeda al amanecer.
Sin
embargo, no todas las escenas eran alegres. Un día, mientras Osmar acomodaba
sus verduras, Omar vio a un hombre corpulento discutir con un anciano que
vendía granos. En un descuido, el cliente intentó llevarse un saco sin pagar.
El anciano trató de detenerlo, pero el ladrón lo empujó con violencia.
—¡Déjelo
en paz! —gritó Omar, interponiéndose entre ambos.
Su
voz resonó con una valentía que sorprendió a todos. El hombre lo miró con
desprecio, pero al notar que los vecinos comenzaban a acercarse, soltó el saco
y se alejó refunfuñando. El anciano, tembloroso, le agradeció mientras Omar le
devolvía el saco de granos.
De
camino a casa, Osmar caminó en silencio junto a él. Al llegar al umbral, posó
una mano sobre su hombro.
—Muy
bien hecho, hijo. Nunca dejes que el miedo te impida hacer lo correcto. A veces
basta un pequeño acto de valor para que otros recuerden lo que es la justicia.
Aquellas
palabras se grabaron en la mente de Omar como una semilla que, con los años,
germinaría en su espíritu justiciero.
No
pudo ir a la escuela, pero algunos maestros del pueblo le dedicaban tiempo
libre para enseñarle a leer, escribir y sumar. Y su habilidad para aprender
sorprendió a todos: una vez, reparó una balanza del mercado con una simple
cuerda y una piedra, resolviendo un problema que nadie sabía cómo arreglar.
Desde entonces, muchos comenzaron a pedirle ayuda para pequeñas reparaciones o
cálculos.
Una vez,
mientras compartían una jarra de agua fresca en el corredor, Osmar habló con la
calma de quien ve venir el cambio:
—La
vida te enseñará que no todos los hombres son justos, Omar. Algunos hablarán de
honradez mientras esconden las manos sucias.
Omar,
que jugaba con una piedra entre los dedos, lo miró con seriedad.
—¿Y
qué hago cuando vea eso?
—Haz
lo correcto, aunque nadie te vea. La justicia no necesita testigos, solo un
corazón limpio.
Omar
no comprendió del todo en ese momento, pero esas palabras lo acompañaron
durante años. Cuando el pueblo cambio, se convirtieron en su brújula interior,
recordándole quién debía ser aun cuando el mundo se volviera injusto.
Ya
de joven, además de ayudar a su tío en el mercado, trabajaba como auxiliar de
albañil. Su ingenio y destreza pronto superaron las de sus superiores,
ganándose el respeto de todos. Gracias a su esfuerzo, la situación económica de
ambos mejoró.
Pero
la muerte del señor Osmar, cuando Omar tenía veintidós años, lo dejó devastado.
Aunque los vecinos intentaron acompañarlo, sintió una soledad profunda al
perder al hombre que había sido su guía. Tres meses después, con el corazón
dividido entre el dolor y la esperanza, decidió marcharse a una ciudad
distante, buscando nuevas oportunidades y dejando atrás los recuerdos que más
dolían.

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