Entre el Amor y el Deber. Capítulo 1
Entre el Amor y el Deber.
Historia 3
Capítulo 1.
Amanda sostenía la mano fría
de su madre, sus dedos pequeños aferrándose con desesperación. El sonido del
reloj en la pared marcaba el paso del tiempo, cada tic-tac resonando en su
pecho como un martillo. La habitación, normalmente llena de vida y risas,
estaba ahora sumida en un silencio sepulcral.
— Mamá, por favor, no te vayas
— susurró Amanda, su voz quebrada por el llanto.
La madre de Amanda abrió los
ojos, con un esfuerzo visible. Su mirada, siempre llena de amor y calidez, era
ahora un espejo de dolor y resignación.
— Amanda, mi amor... — dijo
con voz apenas audible. — Cuida de tus hermanos. Ellos te necesitarán.
Amanda asintió, las lágrimas
rodando por sus mejillas. Sintió una mezcla de miedo y determinación, una carga
que sabía tendría que llevar de ahora en adelante. Su madre apretó su mano una
última vez antes de que su respiración se detuviera y sus ojos se cerraran para
siempre.
El corazón de Amanda se rompió
en mil pedazos. La vida en la hacienda, con su padre siempre ausente y sus
hermanos tan pequeños, de repente parecía una montaña insuperable.
Las siguientes semanas fueron
un torbellino de eventos. El funeral fue un evento sombrío, con familiares y
amigos ofreciendo sus condolencias mientras Amanda se mantenía cerca de sus
hermanos menores, consolándolos como mejor podía. El Sr. Guillermo, su padre,
estaba presente pero distante, su mirada perdida y su rostro inexpresivo. La
tragedia parecía haberlo dejado congelado, incapaz de conectar con el dolor de
sus hijos.
Amanda, con solo doce años,
asumió el papel de madre para sus hermanos. Cada mañana se levantaba temprano
para preparar el desayuno y asegurarse de que todos estuvieran vestidos y
listos. Los días pasaban en una rutina monótona: lecciones en casa con el tutor,
cuidar de los pequeños, y las noches en soledad, extrañando a su madre y
deseando un abrazo que nunca llegaría.
El Sr. Guillermo, aunque vivía
en la hacienda, estaba emocionalmente ausente. Pasaba la mayor parte del tiempo
en su oficina o fuera, en interminables reuniones de negocios. Cuando estaba en
casa, sus conversaciones con Amanda eran breves y formales, casi como si
estuviera interactuando con una desconocida.
A medida que Amanda crecía, su
sentido de responsabilidad solo aumentaba. A los quince años, sus días se
dividían entre sus estudios en casa y el cuidado de sus hermanos. La hacienda,
con sus vastos campos y majestuosa casa, se sentía como una prisión dorada. Sus
únicas escapadas eran los eventos sociales en el pueblo, viajes que hacía más
por obligación que por deseo.
Fue entonces cuando su tía
Genoveva, la hermana de su madre, intervino. Genoveva era una mujer decidida y
de gran corazón, y no podía soportar ver a su sobrina confinada y sacrificando
su juventud. Insistió al Sr. Guillermo que Amanda debía vivir con ella en la
ciudad y estudiar en una escuela normal, entre otros jóvenes de su edad.
Después de un año de persistente insistencia, Guillermo finalmente cedió.
El viaje a la ciudad fue largo
y lleno de emociones encontradas para Amanda. Ocho horas en auto, dejando atrás
a sus hermanos y la hacienda que conocía tan bien. Aunque temía por ellos, una
parte de ella anhelaba el cambio, la posibilidad de una nueva vida.
A medida que se acercaban al
centro, el paisaje comenzó a transformarse. Los verdes campos se convirtieron
en calles empedradas y casas alineadas unas junto a otras. Amanda observaba por
la ventanilla los colores vibrantes de las fachadas, los balcones adornados con
flores y el ir y venir de la gente que caminaba con prisa, como si cada uno
llevara un propósito invisible.
Cuando el coche se detuvo, un
bullicio desconocido la envolvió. Vendedores ambulantes ofrecían frutas, niños
corrían entre los transeúntes y el aire olía a pan recién horneado. Amanda se
sintió fuera de lugar, pequeña ante aquel mundo que parecía moverse más rápido
de lo que podía entender.
Su tía, con paso firme, la
guió entre las calles hasta una vivienda antigua pero bien cuidada, con un
jardín modesto y una verja de hierro. Un barrio de clase media, un lugar
modesto comparado con la opulencia de la hacienda.
—Aquí empezarás de nuevo, niña
—dijo Genoveva, sonriendo con una mezcla de cansancio y esperanza—. Lo pasado
se queda allá.
Amanda asintió en silencio,
mirando el pequeño jardín del frente. Pensó que quizá, entre esas paredes
desconocidas, podría aprender a vivir sin el peso constante del deber, aunque
aún no sabía cómo hacerlo.
A los pocos días de su
llegada, se inscribió en una escuela local, a unas pocas cuadras de la casa de
su tía. La vida aquí era diferente, más vibrante y caótica, con ruidos de la
ciudad y calles llenas de gente.
Frente a la casa de su tía
vivía la Sra. Martha, una mujer amable que era muy amiga de Genoveva. Martha
vivía con su esposo Marcos y su hijo Rubén, de dieciocho años, que asistía a la
misma escuela que Amanda. Al principio, Rubén no mostró mucho interés en
Amanda, suponiendo que ella era una chica rica y presumida. Sin embargo, las
frecuentes visitas de Genoveva a Martha, obligaban a Amanda a acompañarla, lo
que llevó a que los jóvenes tuvieran que interactuar. En una de esas visitas,
Martha pidió a Rubén que mostrara la casa a Amanda. A regañadientes, Rubén
accedió, pero pronto se sorprendió al descubrir que Amanda era diferente de lo
que había imaginado. Era callada, amable, de buenos modales y, aunque refinada,
no lo hacía sentir inferior.
A partir de entonces, Rubén y
Amanda empezaron a pasar más tiempo juntos. Hablaban de sus sueños y
aspiraciones. Rubén quería ser empresario y trabajar para crear su propia
empresa. Amanda, por otro lado, aún no sabía qué quería hacer con su vida, pero
las ambiciones de Rubén la inspiraban a reflexionar sobre su propio futuro.
En una ocasión, él preguntó
por su madre, y ella le contó que hacía cuatro años había muerto y sus tres
hermanos menores, todos varones, actualmente tenían once, nueve y siete años.
Amanda compartió con él la tristeza de extrañar a sus hermanitos, quienes a su
corta edad también la echaban de menos. A pesar de la distancia física, el lazo
familiar seguía fuerte en su corazón. Además, ella añadió que su padre siempre
estaba ocupado con sus negocios y apenas les prestaba atención, solo intervenía
en decisiones importantes sobre ellos, lo que dificultaba cualquier
conversación significativa con él.
Una tarde, mientras el cielo
se cubría de nubes oscuras, Amanda salió de la escuela sin paraguas. El viento
levantaba hojas secas y el aire olía a tierra húmeda. Alcanzó la esquina cuando
una gota le cayó en la mejilla, luego otra, y en segundos, la lluvia se desató
con fuerza.
Rubén apareció desde el otro
lado de la calle, corriendo bajo un paraguas negro.
—¡Amanda! —gritó, riendo
mientras el agua le empapaba la camisa—. ¡Ven, antes de que te enfermes!
Ella dudó un instante, pero al
ver su sonrisa, corrió hacia él. Compartieron el pequeño espacio bajo el
paraguas, tan juntos que Amanda podía oír su respiración entre los golpeteos
del agua. Caminaron despacio, esquivando los charcos. Ninguno habló demasiado;
solo se escuchaban los truenos lejanos y el roce de los zapatos contra el
empedrado.
—Siempre me ha gustado la
lluvia —dijo Rubén, rompiendo el silencio—. Parece que limpia todo lo que uno
no se atreve a decir.
Amanda sonrió, sin mirarlo.
—Tal vez —respondió—. O quizá
solo lo esconde.
Él la miró, intrigado por esa
respuesta, y por un instante, la seriedad de sus palabras lo conmovió. No dijo
nada más. Solo ajustó el paraguas para cubrirla mejor, dejando que el agua le
mojara el hombro.
Cuando llegaron a la puerta de
su casa, Amanda se detuvo un momento antes de entrar.
—Gracias, Rubén —murmuró, y su
voz casi se perdió entre la lluvia.
—Nos vemos mañana —dijo él,
con una media sonrisa.
Y mientras se alejaba, Amanda
se quedó observando el paraguas que se perdía entre la neblina, con el corazón
latiendo de una forma que no sabía nombrar.
Y así transcurrió un año, sin
que los mayores se dieran cuenta de que entre ellos iban floreciendo
sentimientos de amor.
En un momento de valentía, él
le pidió que fuera su novia, y aunque Amanda estaba llena de dudas y miedos, su
principal temor era la reacción de su padre. Sin embargo, consideró que, si él
no se enteraba, todo estaría bien. Con la condición de mantener su relación en
secreto para evitar el escrutinio de su padre y la posible intervención de su
tía, Amanda aceptó ser su novia.

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