El Precio de la Inmadurez. Capítulo 3
El Precio de la Inmadurez.
Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 2
Pasaron dos años desde su
matrimonio, y la felicidad que una vez los envolvió comenzó a desvanecerse
lentamente, casi sin que ninguno lo notara. Ela seguía comportándose como la
niña mimada que todos habían aprendido a tolerar. Rodolfo lo sabía y, con la
paciencia que lo caracterizaba, pensaba que el tiempo haría lo suyo. Que el
amor bastaría.
Sin embargo, las ilusiones
comenzaron a chocar contra la realidad. Ela soñaba con una vida más elegante,
con vestidos nuevos y cenas fuera de casa, con un marido que no llegara cada
noche cubierto de polvo y sudor. Tierra Bella se le hacía pequeña, monótona,
sofocante. Rodolfo, por su parte, seguía creyendo que la sencillez era sinónimo
de paz.
Los conflictos comenzaron a
surgir poco a poco. Al principio, eran solo quejas inocentes.
—¿Otra vez eso, Rodolfo?
—decía Ela con una mueca—. Me gustaría probar algo diferente de vez en cuando.
—Podemos preparar algo
especial el domingo —respondía él con su tono sereno—. Hoy tuve un día pesado,
amor.
Pero el domingo llegaba y el
cansancio lo vencía, y Ela sentía que sus palabras se quedaban en promesas
vacías. Lo que alguna vez la había enamorado —esa calma que antes le daba
seguridad— empezó a parecerle rutina.
Poco a poco, su voz se llenó
de reproches y sus silencios se hicieron más largos. Una tarde, Ela rompió a
llorar sin razón aparente; decía sentirse atrapada.
Rodolfo, sin entender del todo
qué más podía hacer, la abrazó con torpeza y prometió esforzarse más. Empezó a
aceptar horas extras en la fábrica, creyendo que así ella se sentiría más feliz
con lo que pudieran comprar. Pero su ausencia solo aumentó la distancia entre
ellos.
Con el tiempo, sus quejas ya
no eran por la comida o la rutina, sino por algo más hondo: por la vida misma
que compartían.
Ela se volvía cada vez más
exigente. Quería ropa nueva, una casa más grande, un futuro distinto al que la
vida humilde de Rodolfo podía ofrecerle.
Él, en cambio, respondía con
una paciencia casi ingenua, convencido de que ceder era la forma más segura de
amar. Nunca le puso límites ni mostró firmeza; simplemente vivía para intentar
darle todo lo que ella quisiera, sin notar que, en su silencio, Ela comenzaba a
perderle el respeto.
Una tarde, mientras jugaban en
la sala con su pequeño, Rodolfo tomó uno de los juguetes del niño y lo agitó
frente a Ela con una sonrisa traviesa. Quiso romper el hielo después de varios
días de distancia, volver a reír como antes, aunque fuera un instante.
—Mira quién quiere jugar
también —bromeó, haciendo rodar el carrito por el suelo.
Ela lo miró sin responder.
Estaba cansada, con el ceño fruncido, distraída en sus pensamientos. Rodolfo
insistió, intentando arrancarle una sonrisa. Pero bastó una palabra, un gesto,
para encender la chispa.
—¿Por qué siempre tienes que
tomar todo en juego, Rodolfo? —estalló de pronto—. ¿No ves que estoy harta? ¡De
esto, de ti, de esta vida tan miserable!
El grito resonó en la casa
como un golpe seco. El niño, asustado, comenzó a llorar. Rodolfo se quedó
inmóvil, con el juguete aún en la mano. No entendía cómo una simple broma había
abierto una grieta tan profunda.
Sintió una mezcla de dolor y
desconcierto, como si todo el esfuerzo de los últimos años se derrumbara en ese
momento. Quiso acercarse a ella, pero el miedo a empeorar las cosas lo detuvo.
Había aprendido a callar frente a sus explosiones, creyendo que el silencio era
el camino más corto hacia la paz.
—No quise molestarte, Ela...
solo quería verte sonreír —murmuró con voz apagada.
Ela lo miró con los ojos
enrojecidos, sin responder. En su interior se mezclaban la rabia, el
arrepentimiento y una sensación amarga de vacío. Amaba a Rodolfo, lo sabía,
pero también lo culpaba por la vida que llevaba, por su calma desesperante, por
no ser un hombre que sacudiera su mundo. Y sin entender del todo por qué,
comenzó a empacar sus cosas.
Rodolfo la observó hacerlo,
con el corazón paralizado. No la detuvo. Tal vez porque no creía que fuera
capaz de irse realmente, o porque ya se sentía demasiado cansado para otra
discusión.
Ela tomó al niño en brazos. Su
respiración era temblorosa, y por un segundo dudó. Lo miró, deseando que él
dijera algo que la hiciera quedarse. Pero Rodolfo solo bajó la mirada, con los
labios apretados, tragándose las palabras que no sabía pronunciar.
Cuando Ela cruzó la puerta, el
silencio cayó como un peso insoportable. Rodolfo se quedó allí, quieto, con el
eco del portazo retumbando en su pecho. No supo si debía odiarla o rogarle que
volviera; solo sintió que algo se había roto para siempre.
Capítulo 4...

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