El Camino del Amor y el Arrepentimiento. Capítulo 2

 

El Camino del Amor y el Arrepentimiento.


Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 1


Capítulo 2.

La noche que eligieron para huir, el aire parecía más denso, como si el silencio del campo supiera lo que estaba por suceder. Oriana empacó en secreto unas pocas pertenencias: unos cuantos vestidos, un pañuelo heredado de su abuela y una libreta donde, desde niña, escribía sus sueños. Sus manos temblaban mientras doblaba la tela; cada ruido de la casa le parecía un trueno que podría delatarla.

Nicolás aguardaba en las sombras, cerca del viejo corral, luchando contra el miedo que lo mordía por dentro. No era miedo a la oscuridad ni al camino incierto, sino al peso de estar robándose a Oriana del mundo de su padre. A ratos pensaba en volver atrás, en convencerla de esperar… pero entonces recordaba su risa, su manera de mirar el horizonte como si quisiera volar, y entendía que ya no había retorno.

Cuando al fin se encontraron, apenas pudieron cruzar palabras. Solo se abrazaron con fuerza, como si el contacto les diera valor. Con pasos apresurados, atravesaron la finca envueltos por un silencio que parecía cómplice y enemigo a la vez. El ladrido lejano de un perro los hizo detenerse un instante, conteniendo la respiración, hasta que el eco se apagó. Entonces siguieron, sabiendo que cada paso los alejaba de su pasado y los arrojaba a un destino incierto, pero elegido por amor.

Esa misma noche, una de las hermanas de Oriana notó su ausencia y, al no encontrarla en el establo, comenzó a buscarla en cada rincón de la finca. Llamó su nombre entre los corrales y revisó la cocina, pero el silencio fue la única respuesta. Con el corazón acelerado, corrió a la casa principal y, casi sin aliento, le dijo a su padre que Oriana no aparecía por ningún lado.

Pedro se incorporó de golpe. Su primer impulso fue pensar que su hija se había distraído en alguna de sus caminatas, una sombra de temor se le atravesó en el pecho. Ordenó encender más faroles y mandó a sus empleados a recorrer los alrededores: el establo, el río, los caminos hacia el pueblo. A medida que las horas pasaban y no había rastro de ella, la preocupación se tornaba en rabia contenida, una rabia que en el fondo nacía del miedo.

Mientras tanto, Fidel, primo de Nicolás, había notado la ausencia de este último. Guiado por una corazonada amarga, fue hasta la habitación del joven. Allí encontró la cama revuelta y, sobre la almohada, una carta cuidadosamente doblada. Al abrirla, sus ojos se nublaron al leer aquellas líneas: era la confesión de un amor imposible y, al mismo tiempo, la declaración de un destino ya elegido. Oriana y Nicolás habían decidido fugarse juntos, lejos de la vigilancia de Pedro y de las ataduras que los mantenían separados. La carta llevaba la firma de ambos, como un pacto irrevocable.

Con las manos temblorosas, Fidel guardó la hoja contra su pecho. Durante unos minutos dudó qué hacer: ¿proteger a su primo y guardar el secreto, o cumplir con su deber hacia el patrón y entregar la prueba? Finalmente, con paso lento y el alma dividida, llevó la carta hasta Pedro.

Cuando este la leyó, primero se quedó inmóvil, como si las palabras no acabaran de entrarle en la cabeza. Luego, un rugido de ira rompió el silencio de la sala. Rompió la carta en pedazos con un gesto brusco, como si al destruir el papel pudiera borrar la realidad. El dolor, disfrazado de cólera, lo hizo golpear la mesa y exigir una búsqueda inmediata. El eco de sus órdenes resonó en la finca, y pronto hombres a caballo salieron hacia distintos rumbos.

Los días siguientes fueron una mezcla de desesperación y desvelo. Pedro recorría los alrededores preguntando en caseríos y hospedajes si alguien había visto a una joven de cabellos oscuros y a un muchacho delgado con mirada inquieta. El pueblo, siempre atento a los rumores, empezó a murmurar. Algunos se compadecían de él, otros lo criticaban por no haber sabido “vigilar” a su hija. Esos comentarios se le clavaban como espinas, pero nada le hería tanto como el silencio de su propia casa ahora vacía de la risa de Oriana.

En las noches, exhausto, Pedro se sentaba en la vieja silla de madera frente a la puerta, esperando en vano escuchar pasos conocidos. A veces se refugiaba en el establo, encendiendo un cigarro mientras miraba el cielo tachonado de estrellas, buscando una señal que le dijera dónde estaba su hija. Entre el humo y el silencio, la rigidez que siempre lo había definido comenzaba a resquebrajarse, dejando ver a un hombre roto por la ausencia.

Pasaron casi tres semanas en esa incertidumbre hasta que, al fin, Fidel le trajo noticias: Oriana y Nicolás estaban en la ciudad natal de él, bajo el cuidado de sus padres. Pedro sintió cómo el peso de la incertidumbre se aliviaba, aunque no desaparecía. La certeza de que su hija estaba viva le dio un respiro, pero el rencor contra Nicolás ardía todavía como una brasa. Aun así, decidió no emprender una persecución. Tal vez por cansancio, tal vez por sabiduría tardía, dejó que el tiempo y el destino se encargaran de lo que él ya no podía controlar.

Los meses siguientes a la fuga fueron un torbellino de emociones para Pedro. La rabia que lo consumía al principio era tan fuerte que no podía pronunciar el nombre de Nicolás sin apretar los puños. Cuando alguien en el pueblo se atrevía a mencionarlo, prefería marcharse antes que escuchar. Para él, aquel joven no era más que un ladrón: le había robado a su hija y la paz de su casa. Sin embargo, en un momento de mucha reflexión, el enojo comenzó a mezclarse con un sentimiento más difícil de dominar: la nostalgia. A veces, mientras cruzaba el comedor vacío, le parecía escuchar la voz de Oriana llamándolo “padre” con la dulzura de siempre. En esas noches, se quedaba despierto hasta tarde, mirando la lámpara apagarse poco a poco, preguntándose si ella estaría bien, si tendría frío, si recordaba las canciones que él le cantaba de niña.

Fidel, en más de una ocasión, lo encontró en silencio, con la carta rota entre las manos. La había vuelto a juntar pedazo por pedazo, como si al recomponer las palabras pudiera también recomponer su vida. Nunca lo admitió, pero había noches en que se quedaba leyéndola en voz baja, casi como una oración.

Hubo momentos en que Pedro pensó en viajar a la ciudad y traer de regreso a Oriana a la fuerza. Llegó incluso a dar órdenes para ensillar los caballos, pero siempre, en el último instante, se detenía. Una voz interior, mezcla de orgullo y de amor, le recordaba que su hija no era una niña desobediente, sino una mujer que había tomado una decisión. Y aunque le doliera aceptarlo, esa decisión había nacido de un sentimiento real.

El paso del tiempo fue suavizando la herida. La rutina de la finca, los amigos que le daban consejos y las oraciones en las que pedía fuerzas, poco a poco, fueron calmando su espíritu. Aprendió a hablar menos de su enojo y más de su esperanza: “Ojalá vuelva algún día”, solía murmurar, como si esa frase pudiera atraerla de regreso.

Así, cuando un año más tarde Oriana apareció en la entrada de la finca, con un bebé en brazos y Nicolás a su lado, Pedro no reaccionó con el rugido de antaño. Se quedó quieto, mirándolos, como si el tiempo se hubiera detenido. En sus ojos se mezclaban lágrimas contenidas y un brillo de ternura que no podía ocultar. Al ver a su nieto, frágil y pequeño, algo en su corazón terminó de quebrarse: no había lugar para el rencor, solo para el amor renovado que lo unía de nuevo a su hija. La alegría de convertirse en abuelo, al fin, lo reconcilió con aquello que más temía: aceptar que el amor no se obedece, se vive.


Capítulo 3...




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Hasta la última lagrima. Capítulo 1

Hasta la última lagrima. Capítulo 2

El Camino del Amor y el Arrepentimiento. Capítulo 1