Hasta la última lagrima. Capítulo 3

Hasta la última lagrima.

Serie: Historias de amor sin final feliz.
Historia 9



Capítulo 3.

Pasaron algunos días hasta que el azar los enfrentó de un modo inesperado. El tío de Sabina había salido de viaje y ella permanecía sola en la pequeña casa. Fernando lo sabía. Durante jornadas enteras luchó contra el impulso de acercarse, contra esa ansiedad que le quemaba las manos. Pero una tarde se descubrió caminando hacia allí, sin poder explicar por qué.

El destino lo puso frente a una escena que aceleró su corazón: Sabina, subida al tejado, perdía el equilibrio al intentar arreglar unas tejas flojas. Un grito ahogado escapó de ella justo antes de resbalar. Fernando corrió y alcanzó a sujetarla en el aire, evitando la caída.

Por primera vez, Sabina se encontró entre sus brazos. El mundo pareció detenerse. El calor de su cuerpo la envolvía y sentía su propio corazón latir con tanta fuerza que temió que él lo escuchara. El rubor le subió al rostro y, avergonzada, comenzó a forcejear.

—Suéltame, por favor —murmuró, sin atreverse a mirarlo.

Pero Fernando no la soltaba. Sus brazos parecían reacios a dejarla ir, como si toda la lógica que lo había mantenido distante se hubiera desvanecido en ese instante.

El nerviosismo de Sabina creció. Aquella cercanía, con la que tantas veces había soñado, ahora la asfixiaba. El miedo a que él se burlara, a que descubriera lo vulnerable que la hacía sentir, la empujó a reaccionar: lo empujó con fuerza en el pecho, casi golpeándolo con los brazos, hasta que finalmente él la dejó en el suelo.

—Gracias… por salvarme —balbuceó, recogiendo aire con dificultad. Dio un paso atrás, queriendo escapar, pero Fernando la sujetó del brazo antes de que pudiera hacerlo.

Ella apenas alcanzó a mirarlo cuando él la besó. Fue un gesto súbito, arrebatado, que la sorprendió por completo. Por un instante, el corazón de Sabina creyó que estaba viviendo el sueño que tantas veces había guardado en silencio. Pero la dulzura se quebró demasiado rápido: el recuerdo de Marta irrumpió como una daga. Una oleada de culpa la invadió, y empezó a forcejear, intentando apartarlo.

Él se aferraba con más fuerza, como si el beso pudiera resolver un deseo que no comprendía. Cuanto más lo rechazaba, más crecía en ella la sensación de encierro, hasta que las lágrimas se le escaparon sin control. Solo entonces, al verla temblar y llorar, Fernando la soltó.

Sabina cayó de rodillas sobre la hierba, jadeante, y tomó un palo caído del suelo para apuntarlo hacia él, como si aquel objeto frágil pudiera darle la distancia que tanto necesitaba. Él, inmóvil, la observaba con una mezcla de desconcierto y frustración, sentado a pocos metros, incapaz de acercarse otra vez.

Ella no podía dejar de pensar: No quiero ser la causa de su separación con Marta. ¿Por qué me besó? ¿Qué significa para él? Pero las respuestas eran crueles. Recordaba las advertencias de su tío sobre los instintos de los muchachos, y pensaba que aquello había sido solo eso: un impulso, nada más.

Después de unos minutos que se hicieron eternos, Fernando se levantó y se marchó en silencio, sin volver la vista atrás. Sabina lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el camino. Sintió alivio, pero también un desasosiego profundo que le nublaba el pecho.

No contó a nadie lo sucedido. Estaba segura de que él tampoco lo haría. Sin embargo, desde ese día, cada vez que lo veía, el recuerdo de aquel beso se interponía entre ellos, convirtiendo la ilusión en una herida incómoda que no sabía cómo cerrar.

La fiesta de compromiso entre Fernando y Marta llenó la mansión de luces, risas y música. Sabina no estuvo allí, pero la noticia bastó para que sintiera que su mundo se cerraba y, al mismo tiempo, que algo dentro de ella se liberaba. Pocos días después, Fernando partió hacia la capital. Para él era una huida; para ella, un respiro. Con su ausencia llegó, por fin, la calma. Ya no tenía que esquivar su mirada, ni fingir indiferencia cuando Marta la saludaba tomada de su brazo. El simple hecho de saberlo lejos le permitió, por primera vez, respirar sin miedo a quebrarse.


Capítulo 4...

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